Hoy, Valledupar atraviesa uno de sus peores momentos. La ciudad parece tener un diagnóstico reservado; por ello, conviene revisar las causas de su febril deterioro y de la pérdida de civismo por parte de sus habitantes.
Durante las dos últimas décadas se han construido obras que, en su gran mayoría, no obedecen a un verdadero proyecto de ciudad. Además, el POT vigente carece de un plan de ejecución y, lo más preocupante, aún no contamos con un plan vial que jerarquice la expansión urbana y la articule con un plan maestro de acueducto y alcantarillado. En consecuencia, los macroproyectos se los llevó el viento: ya ni siquiera existen en el papel.
El llamado mejoramiento de las vías arterias principales —si es que no puede llamarse de otra manera— parece estar pensado exclusivamente para vehículos y motocicletas. Mientras tanto, el actor principal, el peatón, debe encomendarse a la misericordia del Todopoderoso para transitar por andenes llenos de barreras arquitectónicas. Hoy no existe en Valledupar un tramo mayor de veinte metros donde se pueda caminar sobre andenes concebidos para la gente en especial aquellos con movilidad reducida. A esto se suma que los peatones son víctimas de atropellos por parte de los “motokamikazes”, que circulan por los andenes como almas que lleva el diablo.
Así las cosas, para desgracia de los vallenatos, el futuro no parece ofrecer demasiadas razones para la esperanza. Estos mejoramientos se ejecutan sin la debida planeación ni la necesaria integración de todos los actores involucrados. Es evidente la falta de comunicación y coordinación entre las empresas de servicios públicos, como Afinia, las empresas de telecomunicaciones, el alumbrado público y Emdupar. El derroche del desorden se aprecia en las telarañas de cables y postes que invaden el firmamento, y la imagen caótica que hoy proyecta Valledupar resulta perturbadora. Por ello, estas altas inversiones de recursos no reflejan cambios significativos; por el contrario, acrecientan el caos.
En una cloaca a cielo abierto se han convertido nuestras vías; las redes de alcantarillado están obsoletas, la densificación de los nuevos desarrollos urbanísticos supera la capacidad instalada y, aun así, las administraciones miran para otro lado. Qué tristeza.
La civis y la cívica de los habitantes nacen del decoro y de la transparencia en la administración de los recursos públicos. Solo una gestión orientada al bienestar colectivo, con servicios básicos de cobertura total y eficiencia permanente, puede recuperar la confianza ciudadana y devolverle a Valledupar el sentido de ciudad que parece haber perdido.
Valledupar es una ciudad privilegiada, con un río de aguas frías y cristalinas. Su fundación a orillas del Guatapurí le permitió crecer y potenciar su ordenamiento con las formulaciones de planes integrales de desarrollo urbano (PIDUV) y luego los Planes de Ordenamiento Territorial (POT); no obstante, hemos convertido el río en el patio trasero, botadero de nuestras miserias, invadido sus cauces y márgenes. Hoy, sin ningún escrúpulo, le estamos pavimentando sus riberas. El progreso y desarrollo del concreto asesinó los ecosistemas de este bello elemento natural. Toda esta catástrofe se ha hecho contrariando disposiciones legales y fallos judiciales, con la anuencia de la administración de turno, que acabó con esto tan preciado para la ciudad.
La cultura del “Indio Chumeca” es infinitamente superior a la manada de conductores que, sin ningún recato, deambulan sin Dios ni ley por la tierra de nadie.
El verde de nuestras calles y avenidas hace parte de la nostalgia. La ciudad se ha convertido en una selva donde florece el concreto por doquier; los bulevares y antejardines que servían para infiltrar el agua hoy son candentes superficies que no permiten el crecimiento de especies arbóreas que antes eran nuestro orgullo.
Los antejardines que gozaban de una belleza singular y permitían el disfrute de zonas verdes acogedoras han sido invadidos por vitrinas refrigeradas. Hoy se extienden las construcciones que antes respetaban los paramentos hasta el andén y, en algunos casos, invaden las vías. La imagen que estamos dando a los visitantes da pena ajena. El agravante de esta invasión es que se está ejecutando vertiginosamente en toda la ciudad. La construcción de estas ampliaciones sobre los antejardines va en detrimento de los inmuebles vecinos y, por ende, de la manzana, el sector y el barrio.
Parece que la Secretaría de Gobierno se ve desbordada para ejercer los controles debidos.
El respeto y la conservación de los paramentos hacían de la ciudad una joya vibrante que todos querían imitar; la codicia de unos pocos ha convertido esta urbe en un muladar. Pronto estaremos como la escenografía de la película “Escape de Nueva York”, dirigida por John Carpenter, o, en una referencia más actual, como la serie Gotham City. Es aterrador ver que vamos en esa dirección.
El Ecoparque del río Guatapurí, formulado en el POT de 2015, cubriría el faltante de espacio público que padece nuestra ciudad; hoy reposa en los anaqueles de cien años de olvido. Cubrir los 16 metros cuadrados de espacio público efectivo por habitante no será posible: la reciente revisión del POT, en 2023, bajó al 20 % las áreas que se destinarían para espacio público y equipamiento.
Ante este escenario nos dieron un paliativo: el “Parque de la Vida” y las nuevas infraestructuras educativas, bienvenidas.
El espacio público del centro histórico fue intervenido; los resultados están a la vista: la Plaza Mayor más caliente del universo. La materialidad de las vías intervenidas borró de nuestro imaginario las obras del plan centro que, tejidas con filigrana, diseñó nuestro maestro Carlos García Aragón. Hoy se han convertido en las calles de la amargura habitadas por…
Para concluir, la envidia, otro pecado capital inoculado en generaciones de vallenatos insensibles, ha querido borrar sin estupor el legado de nuestra generala Consuelo Araújo Noguera y convertir en pesadilla el Parque de la Leyenda Vallenata, concebido como símbolo mayor de nuestra cultura.
Sócrates hablaba de la ciudad sana y del alma de la ciudad. Hoy, Valledupar parece haber perdido ambas: su cuerpo urbano agoniza y su espíritu colectivo da señales de estar en estado terminal.
*Arquitecto. Experto en urbanismo