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Opinion

El país del candado

Por Jose Jorge Molina Morales.

Por
José Jorge Molina Morales
Friday, October 30, 2026 6:04 PM
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Hace algunos años, mientras trabajaba, llegó hasta mi oficina un hombre de marcado acento español. Buscaba orientación sobre un problema con una EPS. Mi respuesta, por alguna razón, no le pareció suficiente y la conversación terminó tomando un rumbo que nada tenía que ver con trámites ni con servicios de salud. El hombre comenzó a cuestionar la honradez de los colombianos. Me molesté, tal vez por orgullo, tal vez porque hay verdades que incomodan mucho más cuando vienen de afuera, y le respondí que, si éramos así, alguna responsabilidad tendrían los españoles que llegaron a estas tierras. Él no demoró un segundo en contestarme: “No señor, a Chile también llegamos y los chilenos no son como ustedes”. La frase me quedó sonando.

Con los años he viajado por algunos países del sur del continente y, muy a mi pesar, he recordado varias veces a aquel español. En Perú, Ecuador o Panamá he entrado a un supermercado, he comprado una botella de whisky y me he encontrado con algo que para nosotros resulta casi extraño: la botella no tiene ese pequeño dispositivo plástico que en Colombia conocemos como gotero y que dificulta sacar el licor original para reemplazarlo por otro. Allá parece partirse de una premisa sencilla: la botella contiene lo que dice la etiqueta. Aquí, en cambio, preferimos asegurarnos, porque se volvió costumbre inveterada chimbiar el licor sin medir las consecuencias.

Durante muchos años, al salir de los aeropuertos colombianos había que mostrar el comprobante del equipaje para demostrar que la maleta que uno llevaba era efectivamente la suya. En muchas tiendas todavía ocurre algo más elemental. Uno ve un helado en una vitrina, quiere tomarlo y descubre que el congelador está cerrado con candado. Entonces aparece el tendero con una llave para proteger un helado de cinco mil pesos. El asunto podría parecer anecdótico si no fuera porque esa misma desconfianza atraviesa buena parte de nuestra vida cotidiana.

En Colombia autenticamos firmas, reconocemos documentos ante notario, apostillamos diplomas, exigimos certificados sobre certificados y pedimos copias para demostrar que la copia corresponde al original. Hemos construido una formidable arquitectura jurídica y burocrática alrededor de una sospecha básica: alguien puede estar tratando de engañarnos. Quizás por eso somos también el país de las notarías, de los sellos y de las autenticaciones.

Y no se trata solamente de grandes actos de corrupción. La cultura del atajo comienza mucho antes, en cosas pequeñas que hemos terminado por normalizar. Está en quien se mete en una fila porque conoce al vigilante, en quien busca que le borren una multa, en quien altera una incapacidad, en quien pregunta primero por “el contacto” antes que por el procedimiento. Está también en esa admiración silenciosa que muchas veces sentimos por el vivo que consiguió algo que los demás tuvieron que esperar.

Hasta nuestros delitos pueden adquirir dimensiones pintorescas. En Barranquilla se conoció alguna vez la historia de quienes hurtaron un cajero automático y, para poder moverlo, utilizaron cáscaras de patilla como si fueran ruedas. La escena parece inverosímil, pero detrás de esa inventiva queda una pregunta menos anecdótica: ¿en qué momento convertimos la viveza en una virtud?

Tal vez aquel español no pretendía darme una lección de sociología. Probablemente estaba furioso y simplemente quería insultarme. Pero dejó sembrada una inquietud que los años no han conseguido disipar. Porque el problema no fueron los españoles. Tampoco está escrito en nuestra sangre ni viene determinado por alguna condición misteriosa del trópico. Lo hemos ido construyendo nosotros, generación tras generación, normalizando pequeñas trampas hasta instalar la desconfianza en la costumbre.

El candado de la nevera no habla del helado, el gotero de la botella no habla del whisky y la firma autenticada no habla del documento. Hablan de nosotros. Y quizá lo primero que tendríamos que hacer para cambiarlo sea dejar de ofendernos cuando alguien nos pone el espejo enfrente, porque mientras sigamos celebrando al vivo, buscando el atajo y creyendo ingenuo al que cumple las reglas, seguiremos viviendo en un país donde hasta para comprar un helado hay que esperar que aparezca alguien con la llave.

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