Hay recuerdos que no envejecen. Se quedan ahí, intactos, como una fotografía que la memoria pule con el paso de los años. Para mí, uno de esos recuerdos vive bajo la sombra de un acacio: un árbol enorme, generoso, que parecía custodiar las noches más luminosas de mi adolescencia.
Cuando era joven -tan joven que todo me sorprendía y nada me sobraba- visitaba casi a diario una casa muy cercana a la mía. Desde lejos, aquella casa parecía común, pero al caer la tarde se transformaba: las luces se encendían, la brisa movía las hojas del acacio como si afinara un instrumento, y la voz de quienes estaban allí se convertía en una suerte de sinfonía doméstica.
No era un patio.
Era la puerta de la casa de la señora Eufemia, en la calle 11, el escenario perfecto para aquellas tertulias nocturnas. Allí nos sentábamos en taburetes, alineados casi al borde de la acera, formando un pequeño círculo de voces y silencios. Entre los presentes siempre recuerdo al Señor Poncho Izasa, recostado al tronco del acacio, fumándose su cigarrillo con una calma que parecía imitar al árbol mismo.
En ese pequeño espacio se reunía un grupo de amigos mayores. Hombres que parecían saberlo todo: hablaban de política con pasión, de música con oído fino, de gastronomía con memoria de cocineros viejos…
Y cuando tocaban el tema de la literatura, el ambiente cambiaba por completo; las palabras se volvían más lentas, más sabrosas, más ceremoniales.
Entre ellos había una sola mujer, la señora Eufemia, hermana de José y dueña de la casa. No intervenía en las discusiones ni recitaba citas; su papel era otro: reírse con una gracia serena de las historias, como si su risa fuera el hilo que mantenía unida aquella tertulia. Su presencia era un signo de cariño y de hogar.
José Manuel Orozco, mi entrañable amigo, era el corazón de esas noches. Tenía una memoria prodigiosa; recitaba párrafos enteros sin equivocarse, con una cadencia que parecía escrita en su respiración. Cuando hablaba de Gabo, los demás lo escuchaban como quien escucha a un viejo juglar; cuando evocaba un pasaje complejo, se inclinaba apenas hacia adelante, como si la emoción pesara un poco más que su cuerpo.
Yo absorbía todo: las voces, las risas, el crujido de las hojas del acacio cuando el viento se colaba entre sus ramas. Veía cómo se miraban, cómo se celebraban un recuerdo, cómo se contagiaban la alegría de un pasaje hilarante de Cien años de soledad que terminaba siempre en carcajadas compartidas.
Y entonces, sin que nadie lo dijera, entendí algo: ese mundo maravilloso del que hablaban estaba hecho de libros.
Si yo quería entrar, tenía que leer. No para impresionar, sino para pertenecer.
Una tarde cualquiera, movido por esa certeza, me acerqué a la biblioteca de mi casa. El polvo era fino, casi dorado bajo la luz, y mis dedos se detuvieron sobre un lomo amarillento: El amor en los tiempos del cólera. No sabía entonces que estaba tomando una llave, pero lo sentí.
Lo leí en cinco días, devorando cada página como quien descubre un idioma nuevo. El olor del papel, el ritmo de las frases, la vida de Fermina y Florentino… todo me atravesó.
Cuando terminé el libro, supe que estaba listo.
Esa noche regresé. La luz tenue caía sobre la acera, las ramas del acacio se movían despacio, y mi corazón latía como si fuese a declararse. Mis manos sudaban, pero la voz no me tembló cuando en el momento oportuno me atreví a recitar un pasaje entero de la novela.
Al terminar, ocurrió algo que no he olvidado ni olvidaré; me aplaudieron con la emoción de quien celebra un nacimiento.
Jose me abrazó, los demás sonrieron, y la señora Eufemia soltó una risa cálida, celebratoria, que aún recuerdo como una promesa que no se borra.
Por un instante sentí que el acacio, testigo de tantas conversaciones, extendía también su sombra para darme la bienvenida.
Esa noche fui, por primera vez, parte de la tertulia.
Ya no era el muchacho que escuchaba desde una esquina; era un lector.
Y un lector, entendí entonces, es alguien que habita muchos mundos a la vez.
Hoy, cuando invito a mis estudiantes a leer, no los invito a cumplir una obligación.
Los invito a vivir lo que yo viví; a sentir cómo un libro puede abrir una puerta, encender una chispa, regalar un lugar en la mesa donde otros conversan.
Porque leer no solo entretiene.
Leer transforma.
Y a veces, basta un solo árbol de acacio, una noche cálida y un libro abierto para que empiece la vida verdadera.