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Mundo Cultural

Consuelo, la abuela

Por
Andres Molina
Friday, August 1, 2025 12:05 PM
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En aquel rincón del mundo donde el río Guatapurí susurra secretos antiguos a los cañaguates, puys y ceibas, y el aire se tiñe de acordes errantes que parecen brotar de la tierra misma como un milagro cotidiano, hoy, 1 de agosto de 2025, Valledupar despierta con un sol que baila al ritmo de un vallenato eterno.

Es el día en que Consuelo Araújo Noguera, la Cacica, esa mujer forjada en el fuego de las leyendas y el polvo de los caminos cesarenses, estaría cumpliendo 85 años si el destino no la hubiera reclamado antes, en una de esas tragedias que García Márquez habría tejido con hilos de realismo mágico y Juan Gossaín narrado con la voz ronca de un cronista del Caribe.

Imaginémosla, entonces, como en uno de esos relatos donde el tiempo se dobla y los muertos regresan para una parranda: Consuelo, con su sonrisa que iluminaba como un faro en la niebla de la Sierra Nevada, caminando por las calles empedradas de su Valledupar natal, donde nació un jueves de 1940, hija de Santander Araújo y Blanca Noguera, la menor de nueve hermanos que creció entre el eco de las cajas, guacharacas y acordeones que flotaban en el aire cual mariposas amarillas.

Ella, que desde niña absorbía el alma de su tierra como si bebiera del manantial de las historias olvidadas, se convirtió en la guardiana de un tesoro que el mundo ignoraba: el vallenato, esa música que no es solo notas, sino el lamento de los ríos, el suspiro de los amores imposibles y el rugido de un pueblo luchador que quema como el sol del mediodía.

Ah, pero Consuelo no era solo una soñadora; era una fuerza telúrica, una gestora cultural que, con la tenacidad de quien mueve montañas con las manos desnudas, fundó con Escalona y López, en 1968 el Festival de la Leyenda Vallenata, ese carrusel de sonidos donde los reyes del acordeón compiten no por coronas de oro, sino por el derecho a inmortalizar las voces de los ancestros. En un país acostumbrado a coronar reinas por su belleza, Consuelo creo un concurso para premiar a los hombres por su maestría.

Bajo su visión, lo que era un murmullo local se elevó a las alturas de un patrimonio inmaterial de la humanidad, reconocido por la UNESCO como si el mismísimo Macondo hubiera exportado su magia al planeta entero. Ella, ministra de Cultura en los albores del siglo XXI, tejió redes invisibles que unieron el folklore con la política, haciendo que el vallenato no fuera mero entretenimiento, sino un puente entre generaciones, un antídoto contra el olvido en un país azotado por vientos de violencia.

Y como periodista, ¡ay, qué pluma la suya! Autodidacta, con la sabiduría que brota de la vida misma, escribió crónicas que olían a tierra húmeda y sudor de campesinos que labran el campo. Sus libros —Vallenatología, ese tratado que desentraña los misterios del género como un arqueólogo del alma; Lexicón del Valle de Upar, un diccionario vivo de palabras que palpitan; y Escalona, el hombre y el mito, la crónica biográfica del más grande compositor vallenato— son faros para quienes buscan el corazón de Colombia.

En las ondas radiales, su voz era un río caudaloso que llevaba noticias y cuentos a los rincones más apartados, defendiendo la identidad caribeña con la pasión de quien sabe que la cultura es el último bastión contra la barbarie.

Pero el 29 de septiembre de 2001, en las estribaciones de la Sierra Nevada, las FARC la arrebataron en un secuestro que terminó en asesinato, dejando un vacío que aún resuena como un acordeón silenciado.

Sin embargo, en este día de su natalicio, su legado no muere; al contrario, revive en cada nota que se escapa de una canción vallenata, en cada joven que empuña un instrumento para contar su propia historia, en el periodismo que ilumina verdades ocultas. Consuelo, la Cacica, estaría cumpliendo 85 años, y uno puede imaginarla riendo con el viento vallenato enredado en su cabello plateado por los años, con un periódico en la mano resolviendo crucigramas y un café negro en la otra, regañando a sus hijos y alcahueteándole travesuras a sus nietos, y, en fin, recordándonos que en esta tierra de prodigios, los verdaderos héroes no se van del todo: se convierten en leyenda, en música que perdura más allá del tiempo.

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