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Celso Guerra Gutierrez (68)

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Son muchas las canciones donde intérpretes y compositores del folclor vallenato, oriundos de la península colombiana, manifiestan su sentido de pertenencia por la tierra de sus ancestros, en la que se nace con el don de poder contar a través de acuarelas musicales, las maravillas naturales de esta feraz región y el don de gente de sus habitantes.

“Con mucho gusto y a mucho honor, yo soy del centro de La Guajira”, lo dijo con el corazón henchido, cantando una parranda el maestro Carlos Huertas, en la emblemática canción del folclor vallenato, “El Cantor de Fonseca”, canto que después conoció el mundo, cantado en diversos formatos y artistas.

O el enamoramiento de Rafael Manjarrez, con su terruño, quien ante su belleza  exótica se inclinó inspirado y le canto: “No sé porque La Guajira se mete en el mar así /como si pelear quisiera, como engreída como altanera /como para que el mundo supiera que hay una princesa aquí”, lo pregonó a todo pulmón en “Benditos Versos”.

Pero también han sentido impotencia, rabia, ante el saqueo continuado a que ha sido sometida  sus ricas arcas por parte de un reducido grupo de personas  que se hacen elegir funcionarios públicos para robarse el erario.

Ya lo anunciaba Romualdo Brito en el canto: “Se acaba mi pueblo”, que publicó otro contestatario por la situación ancestral de olvido, Daniel Celedon, quien tipificó la situación de extrema pobreza  de su gente, al cantar y denunciar ante la faz de la tierra, que las madres de su pueblo, para ayudar al sostén de sus hijos, recorrían largos kilómetros para llegar al rio y se convertían en “Las Lavanderas” de las miserias de sus vecinos, actividad que ya no ejercen, porque los políticos corruptos dejaron que los ríos se secaran, al permitirle la depredación y envenenamiento de las cuencas hidrográficas a los marimberos ,algodoneros  y mineros, llevando al departamento de La Guajira al actual estado de postración,de sed y miseria.

Debe ser por estas eternas denuncias musicales, que han hecho los músicos guajiros, que la dirigencia de esta región está molesta con los artistas, ya que en la celebración de los 50 años del departamento no hicieron ningún tipo de alusión al protagonismo que han tenido estos trovadores en la península.

Se declararon admiradores de la mágica pluma de Gabo, se condecoraron los unos a los otros, amalayaron vetustos y ridículos abolengos, que no tienen, en vez de proyectar en este aniversario Nº 50, un corredor turístico folclórico que realce y perpetúe el nombre de sus músicos prestigiosos, como Diomedes, Zuleta, Bolaños, Colacho, Marín, Movíl, entre otros.

Además de su propósito, este corredor dignificaría la vida de los habitantes de esta ruta que se beneficiarían con los miles de turistas que visitan la Junta, Carrizal, y otros sitios de La Guajira que se enlazan con los del Cesar, y  hacer cómoda la visita de las personas que llegan de todas partes de Colombia y el exterior, a empaparse del folclor.

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“Enciclopedias para la ganadería, la agricultura y la vida productiva del campo”, era el pomposo, ostentoso, pesado y voluminoso nombre, como su  forma, de los libros que nuestro nobel, Gabriel García Márquez se dispuso a vender en el norte del Cesar y La Guajira para mejorar sus ingresos, siendo cronista de El Heraldo y firmaba como Septimus, y daba rienda suelta a su imaginación en su famosa columna “La Jirafa”.

Pensó Gabo que por ser estas tierras fértiles en actividades del agro, este libro se vendería como pan caliente; Gabo estaba en lo cierto. 

Lógico también vino García, seducido por las crónicas  cantadas por nuestros campesinos, que pregonaban de aldea en aldea el acontecer diario de la comarca.

Dedujo que estas historias también merecían ser recreadas por su mágica pluma, y así sucedió; de sus primeras historias de esta región, a un mes de los hechos, fue el incendio de 25 casas y dos  muertos en la población de La Paz, barrio “Las Tunas”, hechos cometidos por la chulavita, policía política y posterior encuentro con Pablo López, considerado por Gabriel en su columna el mejor acordeonero de la región.

El escritor recorrió esta vasta  región enviando historias  al periódico, sacando tiempo  para proponer las enciclopedias a ganaderos y agricultores, ellos se jactaban saber más que la enciclopedia, pero aceptaban gustosamente la propuesta.

Con lo que no contaba el Nobel era con la tacañería de los ricos hacendados cesarenses y guajiros, a quienes les dejaba a crédito su mercancía, con la esperanza que se la pagaran pronto, algo que jamás aconteció, llevando a la bancarrota al escritor y vendedor de enciclopedias.

Para redondear la faena, por la pinta sicodélica del escritor,  uno de estos hacendados, siendo gerente del Club Valledupar, quiso negarle infructuosamente la entrada al club social.

Estos hechos no amilanaron el olfato del cronista, prosiguió en la búsqueda incesante de historias épicas en nuestros polvorientos y atrasados pueblos,  relatos de hechos y personajes de la cotidianidad, convertidos en sucesos mitológicos que el mundo admira; Gabo divulgó su amistad con personajes vallenatos de la época que enriquecieron su conocimiento de nuestra idiosincrasia, para  que  los conociera el mundo a través del famoso vallenato de trescientas sesenta y cinco páginas, “Cien años de Soledad”.

De estos personajes entrañables, de los afectos de García, estaba la familia López de La Paz, por la admiración que le profesaba Gabo a las notas que emanaban del acordeón del papá de los hermanos López, Pablo Rafael.

Entonces, ¿por qué los López con el canto de Jorge Oñate grabaron en 1974 la canción  “Aracataca Espera”, de Armando Zabaleta, donde se agravia al escritor, siendo Gabriel García famoso por estar en la cúspide mundial de las letras?, ¿No intuyeron, a pesar del presagio, que 8 años después sería Premio Nobel de Literatura?. ¿Sería  por eso que dentro de la numerosa comitiva que fue a  Estocolmo a recibir el nobel, Gabo invitó a Pablo López, “Poncho” y Emilianito Zuleta, Pedro García, y a Jorge Oñate?.

 

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No hay una explicación lógica o sensata de lo que está ocurriendo en los departamentos de La Guajira y el Cesar, que a pesar de tener las riquezas más importantes de Colombia, la mayoría de sus poblaciones viven en condiciones extremas de pobreza; alguna voz dijo “que era una fiel copia de los países más desolados de África”, siendo sus niños los que lleven la peor parte, muerte por física hambre.

De esta orfandad de liderazgo para erradicar este vergonzoso flagelo, auspiciado por la corrupción  de los políticos regionales , los únicos que levantaron su voz en contra de esta crisis humanitaria fueron los músicos del folclor vallenato, sus compositores y cantores campesinos que viven y comparten estas condiciones infrahumanas de vida y que gracias a la música algunos superaron esta condición.

“Yo soy un hombre  que emprendió un camino y por donde pasa se encuentra la miseria, soy un grito, soy una queja, soy un suspiro”, dijo Leandro Díaz cuando le toco salir hace 70 años de Alto Pino, región Guajira, que se debatía y sigue en  la indigencia ante la carencia total de lo más elemental para subsistir; estamos peor a esa época, lo denunció al mundo en su canción “Soy”.

Ante la ausencia de  políticas para saciar esta hambruna, que nos  avergüenza ante el mundo, los compositores del  vallenato siguieron siendo la conciencia crítica de estos males que hoy están acentuados en la península Guajira, y el Cesar; Alberto Murgas Peñaloza lo dijo hace 40 años en su canto ‘Grito en La Guajira’: “En el norte de Colombia, ampliamente en La Guajira, es notable la zozobra y la angustia que domina”.

Uno de los compositores más punzantes, conocedor de primera mano de este drama por venir de la región donde es más aguda esta crisis, Romualdo Brito López, dijo con versos precisos, en su canto ‘El Indio’: “Compadre yo soy el indio, que tiene todo y no tiene nada”.

Estas denuncias de los compositores han sido inútiles, no han tenido receptividad y mucho menos eco ante los entes competentes para mejorar este dolo; Hernando Marín lo pregonó en ‘La Ley del Embudo’: “Lo Ancho pa ellos y lo angosto pa uno”.

La industria musical vetó a los compositores protestas, los únicos que denunciaban la  pobreza; hemos quedado huérfanos de estos voceros.

Los cantantes que lideran el negocio de la música vallenata no tienen ninguna sensibilidad con este horror; hay artistas del folclor que se nutren económicamente de la región, pero viven en el norte, ausentes de estos problemas y hablan de orgullo guajiro falazmente.

Las víctimas los llevaron a saborear las mieles del triunfo, gestos que no agradecen con campañas o fundaciones para captar recursos de toda procedencia e índole para mitigar su sed y hambre, como sí lo hacen cantantes de otras latitudes con los desvalidos.

A la Guajira y al Cesar los ata la cultura musical, y umbilicalmente nos unen problemas de sed, hambre y miseria, ampliamente denunciados por los juglares.  

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Entre estos accidentes topográficos, lomas y sabanas, que separan a La Junta de Patillal, se desarrolló la infancia de Diomedes Díaz, como él mismo lo dijo en su canción autobiográfica, “El 26 de Mayo”.

La feracidad de este entorno natural nutrió  al “Cacique”, para contarle al mundo, a través de sus cantos, de estas bellezas majestuosas que enmarcan su región y que son dignas de admiración por parte de sus seguidores, que cada día, antes y  después de su muerte, acuden en romería  a estas tierras desde diferentes partes de Colombia y el mundo.

La Junta y la Finca Carrizal se han convertido en sitios de obligada  peregrinación por parte de las personas que llegan en masa a admirar la obra colosal de este cantor campesino.

Saliendo de Valledupar por el norte hacia La Junta hay una carretera en buenas condiciones, el turista disfruta observando un paisaje inédito para su vista, pero a dos kilómetros de San Juan del Cesar cesa el placer de conducir sin obstáculos, se queja el visitante de un tramo inconcluso, polvoriento, lleno de ondulaciones y escalerillas, que deja a sus vehículos en malas condiciones, y también maltrecha la imagen de los políticos que vaporizaron los dineros para  terminar esta obra.

Al llegar a La Junta el visitante encuentra una población tirada a su suerte, en el más absoluto abandono estatal, hay carencia de todo, y de lo más elemental para sobrevivir, el agua; la pobreza pulula en cada rincón del corregimiento más popular de Colombia, sus habitantes hacen ingentes esfuerzos para sobrellevar sus vicisitudes y halagan al foráneo con chucherías, cantinas con música estridente y fondas de sopas; con estos ventorrillos palian un poco sus necesidades, tal y cual lo predijo Diomedes en una entrevista.

Hernán Acosta, cuñado de Diomedes, hace malabares para atender al turista en la casa de la ventana marroncita, donde están las vivencias de una de las canciones  más exitosas de la música vallenata a pesar de sus 40 años. Acosta los entretiene con suvenires  e historias de amores entre Patricia y  “El Cacique”.

En La Junta no hay, ni se proyecta, un sitio donde se pueda reposar del cansancio y de los efectos del calcinante sol antes o después de la visita a los lugares  turísticos, a pesar de ser sitio sagrado de los Diomedistas.

Para llegar a la Finca Carrizal, partiendo de La Junta, es lastimoso observar el otrora, altivo y paradisiaco balneario “El Salto” sin una pizca de agua, se transita por una vía de herradura que también lleva a Patillal; el caos vehicular es monumental, en la finca encontramos un incipiente museo con el dormitorio,  la vestimentas, zapatos, perfumes y otros aditamentos que usaba Diomedes, además una amplia galería de fotos; su administrador proyecta mejorarlo para atraer más turistas, pero se necesita la ayuda estatal; los políticos guajiros son autistas para mejorar la calidad de vida de los junteros, con el legado que su paisano, el hijo más importante de esa región, les dejó.

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Todos los países y regiones del globo tienen sus símbolos (himnos, banderas y escudos), que los identifican en cualquier circunstancia y lugar; Valledupar y el departamento del Cesar no son la excepción de la regla.

Pero en el Cesar y La Guajira sucede un caso muy particular y único, que esta tradición simbólica ha sido absorbida por la magia de nuestros cantos creados por campesinos cantores, interpretados con acordeón, caja y guacharaca, y que han trascendido.

Los nativos de esta región, en cualquier parte de Colombia o del mundo, nos identifican por la música vallenata, nos preguntan por los cantos de Escalona, Gustavo Gutiérrez, Diomedes, Leandro Díaz o la interpretación maravillosa y original del acordeón de Luis Enrique Martínez, Alejo, Juan Humberto Rois, Calixto o Emiliano, solo para referenciar algunos de esa inmensa cantidad de juglares que nos dieron todo de sí, no recibiendo nada a cambio y que todavía siguen en el ostracismo por el egoísmo de nuestros dirigentes miopes, que se empecinan en no darle la importancia que se merecen en la historia  nuestra, inclusive reconocer que el nombre de cualquier político o dirigente de esta sección del país languidece ante la figura egregia de estos cantores.

Qué gran oportunidad perdió la Gobernación del Cesar de desagraviar y exaltar a nuestros trovadores, y en vez de construir un patio con las banderas de los distintos municipios del departamento, que tal vez ni los propios habitantes de cada región conocen, se hubiera levantado allí bustos o efigies con la figura de estos ilustres músicos, con  los cuales todos nos sentimos identificados, y que  han interpretado y divulgado nuestro sentir y vivencias a través de sus crónicas musicales; el mundo está ávido por conocer la historia, orígenes, protagonistas e intérpretes de estos cantos.

De esta manera se hubieran cumplidos propósitos con los que estamos en mora de poner en práctica.

Señor gobernador y próximos dirigentes de esta sección del país, qué bueno hubiera sido que en vez de banderas fueran juglares, este sería el gran reconocimiento que le debemos en la historia contándole al país, al mundo y a nuestra juventud quienes son, y por qué dedicaron sus vidas a un arte que era discriminado, y a pesar de eso, ellos enriquecieron.

Este patio de los juglares hubiera sido objeto de romerías, reconocimiento y admiración de propios y visitantes, un lugar de obligatoria visita, un sitio turístico.

Muchos visitantes que vienen a Valledupar atraídos por el encanto de la música se quejan de los pocos sitios o monumentos folclóricos que tienen el Valle y la región para recibir al turista; hay una total desidia en mostrar los antecedentes y reconocer la verdadera importancia que han tenido los músicos en nuestro desarrollo.

Nos olvidamos del encanto seductor del folclor del Valle de los Reyes, atracción que muchas regiones y países desearían tener, y aquí no le damos su verdadera jerarquía, la minimizamos, decimos que sirve únicamente para beber ron, desconociendo que el folclor es  nuestra verdadera identidad, es nuestra única bandera.

 

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Mucho desencanto ha causado entre los seguidores, el seriado de Diomedes Díaz, por el tratamiento crudo y descarnado, que viene mostrando  el canal, sobre la vida disipada del más carismático cantante, que ha  dado la música vallenata.

No entendemos el afán de los paramunos en  mostrar la parte negativa del cantautor, cuando su grandeza se debe al aporte que le hizo al arte con sus canciones y canto, que fueron y serán, el alimento del alma y el corazón, de cientos de miles de personas, que lo siguen dentro y fuera del país.

Alguien irónicamente enfatizo, “parece ser que los libretos de la novela, hubiesen sido escritos por la familia Niño”, a Diomedes nos los están mostrando como el antihéroe, el villano de la película, el detestable, como una persona sin principios e inmoral, al que hay que vencer  y dejar de ver por ser un mal ejemplo para los niños, y el resto de la  sociedad.

A los más sobresalientes hombres de la historia, en todas las facetas,  en todo el mundo, les han resaltado sus actos y virtudes heroicas, sus falencias y debilidades siempre han sido ocultadas.

Muy pocos se acuerdan del tráfico y  afición  a la marihuana, del cantante  Puertorriqueño, Ismael Rivera, lo cual lo llevo a prisión , hoy es recordado como “El Sonero Mayor”, entre el pueblo que lo sigue admirando y el gobierno de esa isla que lo a exaltado; lo mismo que la estrella de ese mismo origen, Héctor Lavoe, quien en la película personificada por Marc Anthony, “El cantantes de los cantantes”, los excesos, “Del rey de la puntualidad”, como también fue conocido, fue tratado muy someramente.

Y ni que hablar de los charros mejicanos, José Alfredo Jiménez, Agustín Lara y Javier Solís, para mencionar solo tres,  que devastaron sus hígados a punta de tequila, hasta morir de cirrosis, hoy son paradigmas del país azteca, por sus cantos y canciones

Ni decir del barniz que le aplican  los gringos a la mayoría de sus  artistas  caídos en garras de la drogadicción en su diferentes formas, los más conocidos, Elvis Presley, Michael Jackson y al pasado mafioso, según Mario Puzo y su libro “El Padrino”, del más alto representante de la elite yanqui, Frank Sinatra, bautizado por ellos artísticamente con el  símbolo del canto, “La Voz”.

En la  comarca han dejado de ver la telenovela, de ‘El Cacique de la Junta’, al observar que hay  demasiada insistencia y perseverancia maquiavélica, por parte del canal, por desdibujar la imagen del cantautor, mostrando sobredimensionado, el lado oscuro de Diomedes, por mujeriego alcohólico y drogadicto; es como si fuera el gancho que más seduce  a los libretistas de la tv colombiana,  mostrar y cautivar a la  teleaudiencia con  las  bajas pasiones, parece que estas son  el  lubricante  que mejor hace  funcionar el sonido cadencioso que más encanta a sus oídos, el de la registradora, sin importar sus secuelas;  un  país  lleno de llagas y  enfermo terminal  por estos efectos.

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La vida de los grandes personajes del tercer mundo, que han marcado a sus habitantes, por su labor terrenal, en su mayoría, han tenido una niñez y adolescencia de escaseces y estrecheces y en algunos casos de rechazo, por los habitantes del entorno que lo vio nacer.


Esto sucedió con Diomedes Díaz, conocido en sus inicios en La Junta, como “La Voz del Chivato”, por lo desentonado de su canto y su osadía, de colarse en cuanta parranda se generaba en la comarca, en su ambición de dejar la labor de espantapájaros, oficio que ejercía, por su origen campesino y después como vendedor de “chucherías”, recolector de algodón, frutas, actividad , que le costó la pérdida de uno, de sus ojos, al recibir una pedrada, de un compañero, cuando estaba arriba de en un palo de mango, Díaz, también fue, hilador de mochilas, que luego vendía.


Quería, Diomedes, mostrar su talento, que años después el mundo consagraría, como el mejor cantautor de música vallenata.
En este proceso, tuvo responsabilidad su tío Martín Maestre, acordeonero y compositor, lo indujo en la magia de la música, lo hizo su compañero como guacharaquero.


A pesar de las vicisitudes, Diomedes continúa sus estudios primarios, llega a Villanueva, allí conoce a Israel Romero, quien años después sería un fuerte rival musical. “El Cacique” fue guacharaquero y cantante de Israel, con quien se presentó al festival vallenato como aficionado.
En búsqueda de la gloria musical, Diomedes Díaz vino a estudiar a Valledupar en 1974, se presenta a la semana cultural del Colegio Loperena, compite con cantantes de la talla de Rafael Orozco, Adalberto Ariño, entre otros, se relaciona con el acordeonero Luciano Poveda, quien oficiaba como conjunto de planta del concurso.


Luciano Poveda es llamado por la disquera Fuentes para hacer un disco y se hace acompañar del cantante Jorge Quiroz: graban el álbum “Estampas Vallenata”, incluyen un par de canciones de Diomedes: “La Negra” y “El Campesino cantor”, con esta última, Diomedes había participado en el festival del Fique en su pueblo.


Esta situación obliga a Díaz a implementar una nueva estrategia de promoción de su nombre como compositor, su paisano, “Geño” López, quien oficiaba como mensajero de Radio Guatapurí, se vio obligado a renunciar del cargo y se lo ofrece a Diomedes Díaz, que merodeaba por la emisora en búsqueda que sus primeras canciones fueran sonadas.


Diomedes aceptó el cargo, más con la misión de entablar amistad con los controles y locutores de esa época para que hicieran popular sus cantos, que para hacer mandados, ni siquiera, sabía manejar bicicleta, elemento propio de esos menesteres –me caía de los burros, ahora de una cicla, dijo alguna vez- siempre la dejaba guardada, en casa del locutor, Emilio Arias, padrino de matrimonio, del “Cacique” con Patricia.
Fue Radio Guatapurí, la primera rampa de lanzamiento del nombre de Diomedes Díaz, hacia la inmortalidad, allí conoció su primer reconocimiento como compositor, siendo aún, mensajero, en búsqueda de la gloria, que su fama y su canto conquistaron.

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Diomedes Díaz, se despidió premonitoriamente de sus seguidores con estas palabras en la canción, “Muchas Gracias”, canto que conoció la luz pública en 1998.

Desde esa época Diomedes, ya comenzaba con problemas judiciales y de salud síntomas que le atormentaban el alma, pero estos no eran razones para detener el ímpetu folclórico que siempre lo caracterizo.

El “Cacique de la Junta”, falleció repentinamente el domingo 22, en horas de la mañana en Valledupar, dejando huérfano a miles de seguidores en todo el mundo que han delirado con sus canciones y que ya están apostados en los alrededores de la mítica plaza Alfonso López, donde se han desarrollado los más importantes duelos de acordeones, en la tarima Francisco “El Hombre”, donde sus restos serán velados ,en cámara ardiente, durante 3 tres días y será sepultado, el 25 de Diciembre, fecha a la que le canto festejando el nacimiento de un nuevo amor de los tantos que tuvo en su vida, sin saber que años después, ese mismo día seria sepultado, para dolor de la música vallenata.

Fueron 37 de de actividad musical, pletórico de éxitos, 15 millones de discos vendidos, 100 canciones de su autoría que engalanan el firmamento musical de Colombia, Diomedes , durante su trasegar, fue ,el juglar que vino de la extrema pobreza, desde la junta caserío en la guajira que lo vio nacer y que la vida enfrento a la fama la espectáculo a los excesos y la tragedia .

“El Cantor Campesino”, se autodenomino en una de sus primeras canciones, que le fue grabada en 1974, desde ese momento comenzó su paso presuroso, para llegar rápidamente al Olimpo de los dioses cantores del folclor, desde donde Diomedes Díaz , observa y escucha la obra, que el pueblo de macondo, admira.

No ha sido un año bueno para el folclor vallenato, ya que durante estos 365 días, se nos han ido personajes que han sido icónicos , como el maestro, Leandro Díaz, el compositor más sensible del folclor vallenato, considerado así, por ser ciego de nacimiento.
Y la partida del merenguero más grande de la música vallenata, José Vicente “Chente” Munive, quien se caracterizo por ser un gran defensor del merengue, un aire musical ya está en vía de extinción.

Diomedes Díaz Junto a Leandro Y chente Munive, configuran el trió mas autentico de la música vallenata que desde hoy parrandean en el cielo.

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Los medios de comunicación han tenido mucha trascendencia en el desarrollo de la vida cotidiana del hombre, su impacto ha sido de alta dimensión, nos han hecho testigos de sucesos, que sin los medios electromagnéticos jamás estaríamos enterados.

La radio, especialmente, se convirtió en nuestra fiel compañera, la prensa escrita, pionera de estos medios y aun la televisión, mucho más joven que ambos, no han alcanzado la penetración que la radio ha logrado, al menos en los países del tercer mundo, donde en cada rincón, por inhóspito, lejano y carentes de los elementos básicos para la subsistencia, como energía eléctrica o carretera, siempre habrá un radio como compañero.

La internet no alcanza cobertura total en las ciudades, menos en el ámbito rural. Valledupar carecía hace 60 años de una estación radial, estábamos condenados al ostracismo, escuchábamos radio extranjera, cachaca y barranquillera, no teníamos noticias de nosotros mismos, la guabina, la ranchera, salsa y boleros, alimentaban nuestro gusto musical.

Nuestros problemas los pregonábamos a través de bocinas ubicadas en lo alto del Teatro Caribe. Hubo de venir en 1957, de las entrañas del centro del país, un quijotesco personaje, Germán Aristizabal, a fundar la primera emisora: Radio Valledupar.

A pesar de que la emisora no tenía mucho alcance, allí empezaron a formarse nuestros primeros comunicadores radiales, después desplegaron sus talentos, al lado de locutores venidos de otras partes del país, Radio Valledupar, primero fue filial y después propiedad de Caracol.

En 1963, el sargento de la policía, el samario Manuel Pineda Bastidas, funda, la emisora más importante del Cesar y La Guajira: Radio Guatapurí.

Allí, en esas aun pequeñas estaciones de radio, comenzaron a ventilarse nuestros problemas y a sonar tímidamente la música vallenata, todavía el folclor del Valle era avasallado por música extranjera.

Fueron fundándose otros medios radiales que tuvieron protagonismo en la difusión de nuestro desarrollo. La Voz Del Cesar, creada por el mismo personaje venido del interior; Radio Reloj del sistema musical de Caracol, hoy Radio Vida; Ondas de Macondo, creada en 1974, hasta su desaparición, fue filial de Todelar, Colmundo Radio y Radio Súper; La Voz Del Cañahuate, al aire desde 1982, primera radio estación vallenata que nació altiva por su transmisor estado sólido de 50 kwts, las demás han crecido paulatinamente, fue colonizada por la banda de W Radio.

Todas fueron importantes para la región, hasta cuándo los pulpos radiales Caracol y RCN mostraron su interés por nuestras frecuencias locales, avasallamiento que ha sido letal para la radio y la cultura vallenata, perdimos puestos de trabajos, identidad, nuestros comunicadores en su mayoría, hablan rolos, las emisoras en la banda AM fueron convertidas en repetidoras cachacas, la TV anda en el mismo plan y Telecaribe es un elefante, está lejos del sentir regional.

La emisora que se mantiene incólume a la voracidad del monopolio radial es Radio Guatapurí, que desde que emitió su primera señal, mostró su preferencia por la programación local, jamás ha claudicado en ese empeño, de allí su reconocimiento entre las más prestigiosas del país.

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“Y allá abajo están peleando lo que yo dejé”, frase célebre, lapidaria y premonitoria que se conoce desde los confines del tiempo que hizo popular en nuestros días Calixto Ochoa con su canción ‘La Plata’, que también grabó Diomedes Díaz, presagiando ‘El Cacique’ que esta pelea se presentaría con su familia, tras su fallecimiento y así sucedió.

Los malos manejos de sus bienes por parte de él y su entorno, su indisciplina, su vida licenciosa y en concubinato y presunto testaferrato a terceros, trajeron como consecuencia demandas a sus regalías por ejecución pública de 183 canciones, que suenan diariamente dentro y fuera del país y por sus discos que se venden más hoy que antes como pan caliente, estas acciones judiciales fueron impetradas por inasistencia alimentaria por 28 hijos y 11 mujeres.

Estas mismas personas le están peleando a José Zequeda, su ex manager, la finca Las Nubes, un terreno de 200 hectáreas, ubicada en la legendaria región de Badillo. Zequeda aduce que la compró a su ex patrón y posee los respectivos documentos, ante lo cual la innumerable prole del Cacique le argumenta que solo fue un traspaso para liberarla de un presunto embargo.

Es legal, legítimo, que los incontables herederos de Diomedes Díaz reclamen lo que creen que es suyo por derecho, también es válido que José Zequeda esgrima sus argumentos para defender lo que dice adquirió legalmente, lo feo de esto es que hayan convertido este hecho, que solo interesa ellos, en un circo, en un tinglado, ventilando el problema a través de los medios de comunicación de la nación como si este fuera un problema de Estado, o si la decisión que deben tomar los jueces perjudica o beneficia a todo el pueblo colombiano.

Es deprimente el espectáculo que están dando, no sé qué motivo o razón hay para hacer público este conflicto, repito, que solo les interesa a ellos, que triste ver, quitar y lanzarse bancas, cerrar candados y abrirlos a punta de bala, lanzar las pertenecías del difunto al patio de Las Nubes, hacer ruedas de prensa en predios del terreno en litigio ¿con qué intención? Averígüelo Vargas, pero no es sano.

Sin ser erudito en materia jurídica, estos hechos deben dirimirse ante los estrados judiciales, son los jueces quienes deben dar su veredicto y no la prensa, ante todo la sensacionalista o amarillista que aprovecha esta oportunidad para hacer de esta pelea programada una comilona suculenta y despedazarlos a dentelleadas.

Le pedimos a ambas partes que lleven el caso con mesura, cordura, que lo manejen en la más completa privacidad para bien de la imagen y cultura de nuestra región y del más grande cantautor que ha tenido la música vallenata, Diomedes Díaz. La repartición de sus escasos bienes no puede convertirse en pista de competencia, de la cual podrían haber malogrados.

No nos vuelvan a recordar un estribillo de una vieja canción mejicana, del no menos recordado José Alfredo Jiménez: “Tu y las nubes, me vuelven loco”.

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