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Celso Guerra Gutierrez (73)

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Las excentricidades del presidente venezolano, Nicolás Maduro, tiene con los ‘pelos de punta’ a los habitantes de Colombia y Venezuela, por la forma displicente, folclórica e irresponsable como este bufón rige los destinos del país de Bolívar, sin preocuparle a quien afecte y que consecuencias nefastas pueda ocasionar a los dos países y sus habitantes.

Nuevamente Maduro sorprendió al mundo con otra de sus extravagancias populistas, al cantar y bailar, torpemente, como todos sus actos, acompañado por su esposa Cilia, ante miles de sus seguidores en un mitin político, la cumbia ‘La Pollera Colorá’, interpretada allí mismo por un conjunto típico vallenato (acordeón, caja y guacharaca), integrantes que no hemos podido identificar.

Maduro vociferó cínicamente, sin ningún tipo de credibilidad entre los colombianos que consideraron este acto como una burla a los damnificados de la crisis, al son de los acordes cumbiamberos, su amor por los colombianos; el único beneficio de esta acción del trastornado mandatario bolivariano fue poner nuevamente esta canción, símbolo de nuestra identidad, en contexto nacional.

‘La Pollera Colorá’, data de 1960, fue compuesta por el clarinetista de Sincé, Sucre, Juan Madera; inicialmente esta canción nació sin letra y así fue interpretada en muchas fiestas de la región caribe por la orquesta de Pedro Salcedo, de la cual hacia parte su autor.

La letra de esta legendaria canción la originó una  agraciada morena, Mirna Pineda, del puerto petrolero de Barrancabermeja, en su más importantes centro social, quien se gozaba de lo lindo esta  melodía, danza que impactó al cantante del Banco Magdalena, Wilson Choperona, por la alegría de su baile y grácil figura; la fiesta era  amenizaba por la ya afamada orquesta de Pedro Salcedo, inmediatamente a Wilson le nace la inspiración, y concertadamente con Juan Madera, dueño de la melodía, la bautizan como ‘La Morena Maravillosa’.

Esta fue grabada dos veces sin ninguna trascendencia, allí mismo en Barrancabermeja y después en Medellín, ocasionando la decepción de sus autores, quienes creían ciegamente en su éxito por la cadencia de su melodía y el alborozo con que era recibida por los bailadores, cuando era interpretada en sus distintas presentaciones en vivo.

Emilio Fortou, dueño del sello discográfico Tropical de Barranquilla, llamó a Pedro Salcedo para grabar varias canciones , entre la que incluyó esta; al no ser de su agrado, una de las que tenía montada Salcedo, Fortou le cambió el nombre y la bautizó, con la cual es conocida hoy mundialmente esta canción, “La Pollera Colorá”.

A raíz del éxito mundial, llegó la enemistad de sus dos autores, Madera demandó a su amigo y excompañero, Choperena, por vender los derechos autorales a una editora musical de Medellín.

Lamentablemente Wilson Choperena fue condenado a dos años de prisión y a pagar una gran cantidad de dinero por defraudación al derecho autoral.

A pesar que esta canción ha sido versionada múltiples veces mundialmente, Choperena recibía de pensión 250 mil pesos,  murió en condiciones deplorables, pobre y abandonado por Sayco y el Estado.

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La publicidad es uno de los elementos de convencimiento más contundentes con que cuenta el hombre desde épocas remotas para manipular y manejar las masas, de esta forma sencilla, era descrita esta actividad por el alemán Joseph Goebbels, jefe de propaganda del régimen nazi, quien se convirtió en un mago en este manejo, hasta el extremo de justificar por esta vía, ante el pueblo germánico, las atrocidades que cometía el régimen nazi durante la segunda Guerra Mundial, con un gran poder de convicción

El decálogo impuesto por su ministerio desde esa época, sigue más vigente que nunca en nuestro medio, el cual es: Individualizar al enemigo, reunir a los adversarios en una sola categoría, cargar sobre el rival los propios errores, si no puedes negar las malas noticias invéntalas para distraer, convertir cualquier anécdota en grave error, principio de vulgarización, exageración y desfiguración, repite una mentira, toda propaganda debe ser popular, más grande la masa, menos inteligente.

Todas estas marrullerías propagandísticas nazis la manejan nuestros políticos criollos  a la perfección,  parecen ser los alumnos más aventajados del alemán zancadillero.

Lógicamente que el formato de difusión publicitario es diferente al de aquellos años, pero el propósito es el mismo, llevar su mensaje a todos los rincones; en esta ocasión lo hacen utilizando, sin ningún permiso y recato, la música de los viejos y nuevos juglares de la música vallenata y costeña en general, usan las melodías de las canciones más populares, a algunas les adaptan letras  alusivas a su campaña y otras veces no le cambian nada,  lo hacen sin pagar el derecho autoral, creen estarle haciendo un favor al compositor, les dicen que están popularizando la obra, mentiras y desfiguración de la realidad que los compositores en masa creen, principio Goebbels.

En los viejos tiempos, lo hizo Pepe Castro con la canción de Daniel Lemaitre, “Pepe”. Alfredo Cuello Dávila siempre utilizó como bandera la canción de Gustavo Gutiérrez, “Paisaje de Sol”, lo mismo que la familia Campo Soto con el “Cariño de mi Pueblo” Otros candidatos de menos rango usaron canciones como “El sentir de mi Pueblo”, de Marciano Martínez y “Mi Proclama”, de Romualdo Brito,  y si seguimos enumerando nos haríamos interminable en esta lista de usurpadores.

En nuestro medio el primero que hace una canción a  una campaña política fue el maestro Rafael Escalona, quien compuso “López es el Pollo” en 1974 para la campaña presidencial de Alfonso López y no en 1978 como erróneamente lo dijo Jorge Nain Ruiz; López para esa época le entregó el poder a Turbay Ayala y volvió aspirar para un segundo periodo en 1982, y fue vencido por Belisario Betancourt.

“El Candidato”, de Calixto Ochoa, fue otro aporte de la música vallenata a la campaña López Michelsen y “Viva el Partido Liberal”, de Lisandro Meza. Estas canciones  tuvieron mucho protagonismo en nuestro medio, Calixto y Lisandro no recibieron ningún cargo público dentro o fuera de la Nación como el consulado de  Escalona en Panamá por sus apretadas agendas musicales.

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Pocos días llevamos de debate político para elegir alcalde, concejales de Valledupar, diputados y gobernador del Cesar; no hemos escuchado a los candidatos de estas corporaciones públicas, uno sola propuesta que beneficie la actividad cultural que más renombre le ha dado a la región, la Música Vallenata.

Siempre pregonamos que no es justo que esta actividad folclórica, que hoy se pasea por la geografía nacional e internacional como Pedro por su casa, dándonos a conocer en tierras insospechadas, siga recibiendo, por parte de los políticos, el mismo tratamiento de hace 50 años atrás, cuando los juglares eran remitidos a los patios de las casas más humildes de la región, que eufemísticamente le llamaban Parrandas, actividad que era no más que la  brutal discriminación nacida de la vergüenza  que sentían por los intérpretes y la música que generaban nuestros cantores campesinos.

Los políticos, muy melosos y camaleónicos ellos, pregonan ser muy amigos de los cantantes famosos y adinerados, a los cuales contratan para alegrar y llevar gente a su eventos y escuchen sus estrategias proselitistas, que poco benefician a los compañeros del cantante, y después posar con el artista mostrando fotos abrazados y sonrientes en las redes sociales; con esta actitud, creen ellos, como ha sucedido miles de veces, están demostrando su admiración y amor por nuestro folclor.

Craso error la música vallenata no es para lo que ellos únicamente creen, beber ron y llevarles público a sus concentraciones políticas; el folclor vallenato es mucho más que eso, es identidad, cultura, destino turístico, leyendas y mitos.

Cuanta falta hace que un candidato proponga desagraviar la obra musical de los juglares vallenatos, que tanta gloria nos han dado, y si el político logra sus propósitos, levante efigies o escultura de los músicos que les recuerde  a nuestros niños su grandeza y de donde viene muestra riqueza musical, y la vez nutrir al turista que cada día llegan en masa a nuestra región a conocer  la vida y obra de nuestros artistas: Escalona, Alejo, Luis Enrique, Emiliano, Diomedes, Leandro, Calixto, pero los visitantes  quedan como la cometa loca, totalmente desorientados, desubicados, se topan que en la región no hay nada que indique que esta es la tierra del vallenato, que esta es la comarca que parió a estos grandes trovadores, dueños de mágicas y alegres canciones que el mundo conoce, pero que nosotros no le hemos dado el valor que  merecen.

Cuanta falta hace que se delineen, estructuren y adecuen las diferentes rutas folclóricas que tenemos en la región, no solamente para mostrar nuestra riqueza musical, sí para crear las tan necesarias nuevas fuentes de trabajo.

Nos gustaría que la ley Diomedes, que se utilizó como estrategia para favorecer ego político sin ningún pudor y nada a favor para al folclor, sea una ley que proteja y cobije a los compositores, y resto de miembros de los grupos vallenatos que deambulan algunos con hambre y sin protección social.

Ilusionarse en macondo es utópico, tanto como creer en políticos. 

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Según la Academia de la Grabación,  el género musical Cumbia Vallenato estuvo en peligro de desaparecer este año de la competición más importante de la industria musical de América Latina por sustracción de materia, ya que el mínimo de 25 inscritos se cumplió en última instancia.

En el ambiente del folclor vallenato se nota total apatía para inscribir sus nombres para optar por el gramófono latino, que en otras latitudes del continente es altamente apetecido.

Notan los músicos este certamen distante y lejano al ser dirigido desde Miami, se ignoran las normas que la regulan y sin una fuente cercana a quien recurrir para conocer detalles y pormenores de la competencia.  

Se queja Iván Villazon que ha faltado socialización al carecerse de información para inscribir los trabajos, donde, cuando y cuanto es el valor para poder aspirar a dicha competición y quienes y bajo que concepto eligen nominados y posteriores ganadores.

Jorgito Celedón, ganador en dos oportunidades, dijo que les da físico miedo participar, porque todos quieren ganárselos, lo ven como una confrontación personal.

Otros argumentan que ganarse el Grammy no le representa ningún tipo de prestigio a su carrera musical, así como la han dicho  de la corona de Rey Vallenato y del Congo de Oro del Carnaval de Barranquilla.

La academia al ser consultada sobre este tema se defendió: “El ganador no es que más discos vende o el más exitoso; el ganador es el que más le gusta a los músicos, productores y periodistas que lo eligen”.

Dice Abaroa, presidente de la academia, toda la información sobre la academia está en la red, y que esta no tiene costo; para acceder a la inscripción o membrecía hay que llenar un formulario y el interesado debe costear los gastos de envío.

Algunos músicos críticos del Grammy han argumentado que ha habido ganadores que han manipulado con gran su poder económico su elección como el mejor,  patrocinando inscripciones de álbumes de artistas de escasos recursos para que estos voten por él.

La academia niega estos rumores y dice que no existe la menor posibilidad de manipulación y que si llegase a detectarse, el responsable sería sancionado. 

Los rumores sobre los celos que genera el Grammy entre los artistas vallenatos han sido constantes, y que esta actitud podría conllevar  a la academia a la  supresión de la categoría, Abaroa dice  que no es su responsabilidad juzgar comportamientos de ese tipo.

No es justo que dejemos acabar la categoría vallenata del Grammy por sustracción de materia, todos los días en nuestros medio sale a la luz uno o varios  discos de reconocidos o nobeles artistas del folclor vallenato.

Sería una pérdida irreparable que este reconocimiento internacional se perdiera por apatía, desconocimiento, rivalidad, envidia o cualquier otro motivo; un gran retroceso que nos costaría años para recuperarlo. Son 47 géneros musicales  de todo el continente que la reciben y se preocupan por mantenerla. Nosotros no podemos ser la excepción.

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El público siempre ha tenido la creencia que los músicos tienen una vida placentera, divertida, sin compromiso, llena de boato y alegría.

Es la visión que tenemos, debido a que esa es la parte que más transciende a la opinión o la que ellos les interesa dejar conocer; dan la impresión que vivieran en un mundo galáctico, felices, con todas sus necesidades resueltas, pero por el contrario otros piensan que es un mundo superficial, plástico, vacuo, irresponsable, una actividad falaz en la que hay muchos antifaces, donde se pregonan principios éticos y morales en los que van en completa contravía. 

Lo dijo el compositor Máximo Movil en su canción que titula este artículo, la cual  grabo primero Oñate y después Diomedes, con el cual “El Cacique” se despidió de este mundo con  este  nombre, al titular genéricamente su último álbum: “una noche yo pensaba en la vida del artista/ que muchos la creen bonita y es lo suficiente amarga”. Pero desde que Máximo hizo esta reflexión, hecha canto, se han suscitado muchos cambios que han permeado el pensamiento de los artistas del mundo.

Los  músicos se han involucrado en actividades filantrópicas; además de alegrar con sus canciones, son solidarios, han dejado de ser narcisista, ególatras, se han bajado de su pedestal de ídolos para ser lo que siempre han sido, humanos, personas de carne y huesos que provienen de niveles de pobreza muy extremas, que hicieron parte de esa franja de personas que claman por ayuda, y la mayoría de los artistas han salido a clamar por ellos, o han asumido este papel.

Algunos se han convertidos en el canal para receptar dineros de  multimillonarios  que no quieren figurar, pero quieren  ayudar a los más angustiados del planeta; otros músicos acuden a campañas, eventos, se convierten en ONG o voceros para recaudar fondos, y ayudar a sus congéneres caídos en desgracia y que les han dado la fama; artistas más aterrizados son contradictores de gobiernos nefastos que lesionan a sus connacionales con sus políticas mezquinas.

Otros rechazan contratos millonarios y protestan por anuncios xenófobos en contra  de la población latina, provenientes de un loco personaje millonario que anuncia sus aspiraciones a ser Presidente de USA. A más de hacer lo que más les gusta,  ahora hay un elemento adicional: “hacer el bien y no mirar a quien”.

Reiteramos, pueda ser que los músicos del folclor vallenato despierten de ese letargo parroquial, de ron, parranda y mujer,  en el que están sumidos, y despierten pronto a la realidad social de su pueblo, y se pongan a tono  con el resto de sus colegas en el mundo, quienes están luchando por un mejor bienestar de la población más vulnerable y le aporten con su clamor a hacerles más llevadera su situación calamitosa.

No pueden creerse merecedores de todo  los honores, no siempre puede ser haciendas llenas de animales y cultivos, carros de alta gama y cuentas bancarias rebosantes; hay que ser buena gente, desprendidos y humanitarios.

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Son muchas las canciones donde intérpretes y compositores del folclor vallenato, oriundos de la península colombiana, manifiestan su sentido de pertenencia por la tierra de sus ancestros, en la que se nace con el don de poder contar a través de acuarelas musicales, las maravillas naturales de esta feraz región y el don de gente de sus habitantes.

“Con mucho gusto y a mucho honor, yo soy del centro de La Guajira”, lo dijo con el corazón henchido, cantando una parranda el maestro Carlos Huertas, en la emblemática canción del folclor vallenato, “El Cantor de Fonseca”, canto que después conoció el mundo, cantado en diversos formatos y artistas.

O el enamoramiento de Rafael Manjarrez, con su terruño, quien ante su belleza  exótica se inclinó inspirado y le canto: “No sé porque La Guajira se mete en el mar así /como si pelear quisiera, como engreída como altanera /como para que el mundo supiera que hay una princesa aquí”, lo pregonó a todo pulmón en “Benditos Versos”.

Pero también han sentido impotencia, rabia, ante el saqueo continuado a que ha sido sometida  sus ricas arcas por parte de un reducido grupo de personas  que se hacen elegir funcionarios públicos para robarse el erario.

Ya lo anunciaba Romualdo Brito en el canto: “Se acaba mi pueblo”, que publicó otro contestatario por la situación ancestral de olvido, Daniel Celedon, quien tipificó la situación de extrema pobreza  de su gente, al cantar y denunciar ante la faz de la tierra, que las madres de su pueblo, para ayudar al sostén de sus hijos, recorrían largos kilómetros para llegar al rio y se convertían en “Las Lavanderas” de las miserias de sus vecinos, actividad que ya no ejercen, porque los políticos corruptos dejaron que los ríos se secaran, al permitirle la depredación y envenenamiento de las cuencas hidrográficas a los marimberos ,algodoneros  y mineros, llevando al departamento de La Guajira al actual estado de postración,de sed y miseria.

Debe ser por estas eternas denuncias musicales, que han hecho los músicos guajiros, que la dirigencia de esta región está molesta con los artistas, ya que en la celebración de los 50 años del departamento no hicieron ningún tipo de alusión al protagonismo que han tenido estos trovadores en la península.

Se declararon admiradores de la mágica pluma de Gabo, se condecoraron los unos a los otros, amalayaron vetustos y ridículos abolengos, que no tienen, en vez de proyectar en este aniversario Nº 50, un corredor turístico folclórico que realce y perpetúe el nombre de sus músicos prestigiosos, como Diomedes, Zuleta, Bolaños, Colacho, Marín, Movíl, entre otros.

Además de su propósito, este corredor dignificaría la vida de los habitantes de esta ruta que se beneficiarían con los miles de turistas que visitan la Junta, Carrizal, y otros sitios de La Guajira que se enlazan con los del Cesar, y  hacer cómoda la visita de las personas que llegan de todas partes de Colombia y el exterior, a empaparse del folclor.

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“Enciclopedias para la ganadería, la agricultura y la vida productiva del campo”, era el pomposo, ostentoso, pesado y voluminoso nombre, como su  forma, de los libros que nuestro nobel, Gabriel García Márquez se dispuso a vender en el norte del Cesar y La Guajira para mejorar sus ingresos, siendo cronista de El Heraldo y firmaba como Septimus, y daba rienda suelta a su imaginación en su famosa columna “La Jirafa”.

Pensó Gabo que por ser estas tierras fértiles en actividades del agro, este libro se vendería como pan caliente; Gabo estaba en lo cierto. 

Lógico también vino García, seducido por las crónicas  cantadas por nuestros campesinos, que pregonaban de aldea en aldea el acontecer diario de la comarca.

Dedujo que estas historias también merecían ser recreadas por su mágica pluma, y así sucedió; de sus primeras historias de esta región, a un mes de los hechos, fue el incendio de 25 casas y dos  muertos en la población de La Paz, barrio “Las Tunas”, hechos cometidos por la chulavita, policía política y posterior encuentro con Pablo López, considerado por Gabriel en su columna el mejor acordeonero de la región.

El escritor recorrió esta vasta  región enviando historias  al periódico, sacando tiempo  para proponer las enciclopedias a ganaderos y agricultores, ellos se jactaban saber más que la enciclopedia, pero aceptaban gustosamente la propuesta.

Con lo que no contaba el Nobel era con la tacañería de los ricos hacendados cesarenses y guajiros, a quienes les dejaba a crédito su mercancía, con la esperanza que se la pagaran pronto, algo que jamás aconteció, llevando a la bancarrota al escritor y vendedor de enciclopedias.

Para redondear la faena, por la pinta sicodélica del escritor,  uno de estos hacendados, siendo gerente del Club Valledupar, quiso negarle infructuosamente la entrada al club social.

Estos hechos no amilanaron el olfato del cronista, prosiguió en la búsqueda incesante de historias épicas en nuestros polvorientos y atrasados pueblos,  relatos de hechos y personajes de la cotidianidad, convertidos en sucesos mitológicos que el mundo admira; Gabo divulgó su amistad con personajes vallenatos de la época que enriquecieron su conocimiento de nuestra idiosincrasia, para  que  los conociera el mundo a través del famoso vallenato de trescientas sesenta y cinco páginas, “Cien años de Soledad”.

De estos personajes entrañables, de los afectos de García, estaba la familia López de La Paz, por la admiración que le profesaba Gabo a las notas que emanaban del acordeón del papá de los hermanos López, Pablo Rafael.

Entonces, ¿por qué los López con el canto de Jorge Oñate grabaron en 1974 la canción  “Aracataca Espera”, de Armando Zabaleta, donde se agravia al escritor, siendo Gabriel García famoso por estar en la cúspide mundial de las letras?, ¿No intuyeron, a pesar del presagio, que 8 años después sería Premio Nobel de Literatura?. ¿Sería  por eso que dentro de la numerosa comitiva que fue a  Estocolmo a recibir el nobel, Gabo invitó a Pablo López, “Poncho” y Emilianito Zuleta, Pedro García, y a Jorge Oñate?.

 

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No hay una explicación lógica o sensata de lo que está ocurriendo en los departamentos de La Guajira y el Cesar, que a pesar de tener las riquezas más importantes de Colombia, la mayoría de sus poblaciones viven en condiciones extremas de pobreza; alguna voz dijo “que era una fiel copia de los países más desolados de África”, siendo sus niños los que lleven la peor parte, muerte por física hambre.

De esta orfandad de liderazgo para erradicar este vergonzoso flagelo, auspiciado por la corrupción  de los políticos regionales , los únicos que levantaron su voz en contra de esta crisis humanitaria fueron los músicos del folclor vallenato, sus compositores y cantores campesinos que viven y comparten estas condiciones infrahumanas de vida y que gracias a la música algunos superaron esta condición.

“Yo soy un hombre  que emprendió un camino y por donde pasa se encuentra la miseria, soy un grito, soy una queja, soy un suspiro”, dijo Leandro Díaz cuando le toco salir hace 70 años de Alto Pino, región Guajira, que se debatía y sigue en  la indigencia ante la carencia total de lo más elemental para subsistir; estamos peor a esa época, lo denunció al mundo en su canción “Soy”.

Ante la ausencia de  políticas para saciar esta hambruna, que nos  avergüenza ante el mundo, los compositores del  vallenato siguieron siendo la conciencia crítica de estos males que hoy están acentuados en la península Guajira, y el Cesar; Alberto Murgas Peñaloza lo dijo hace 40 años en su canto ‘Grito en La Guajira’: “En el norte de Colombia, ampliamente en La Guajira, es notable la zozobra y la angustia que domina”.

Uno de los compositores más punzantes, conocedor de primera mano de este drama por venir de la región donde es más aguda esta crisis, Romualdo Brito López, dijo con versos precisos, en su canto ‘El Indio’: “Compadre yo soy el indio, que tiene todo y no tiene nada”.

Estas denuncias de los compositores han sido inútiles, no han tenido receptividad y mucho menos eco ante los entes competentes para mejorar este dolo; Hernando Marín lo pregonó en ‘La Ley del Embudo’: “Lo Ancho pa ellos y lo angosto pa uno”.

La industria musical vetó a los compositores protestas, los únicos que denunciaban la  pobreza; hemos quedado huérfanos de estos voceros.

Los cantantes que lideran el negocio de la música vallenata no tienen ninguna sensibilidad con este horror; hay artistas del folclor que se nutren económicamente de la región, pero viven en el norte, ausentes de estos problemas y hablan de orgullo guajiro falazmente.

Las víctimas los llevaron a saborear las mieles del triunfo, gestos que no agradecen con campañas o fundaciones para captar recursos de toda procedencia e índole para mitigar su sed y hambre, como sí lo hacen cantantes de otras latitudes con los desvalidos.

A la Guajira y al Cesar los ata la cultura musical, y umbilicalmente nos unen problemas de sed, hambre y miseria, ampliamente denunciados por los juglares.  

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Entre estos accidentes topográficos, lomas y sabanas, que separan a La Junta de Patillal, se desarrolló la infancia de Diomedes Díaz, como él mismo lo dijo en su canción autobiográfica, “El 26 de Mayo”.

La feracidad de este entorno natural nutrió  al “Cacique”, para contarle al mundo, a través de sus cantos, de estas bellezas majestuosas que enmarcan su región y que son dignas de admiración por parte de sus seguidores, que cada día, antes y  después de su muerte, acuden en romería  a estas tierras desde diferentes partes de Colombia y el mundo.

La Junta y la Finca Carrizal se han convertido en sitios de obligada  peregrinación por parte de las personas que llegan en masa a admirar la obra colosal de este cantor campesino.

Saliendo de Valledupar por el norte hacia La Junta hay una carretera en buenas condiciones, el turista disfruta observando un paisaje inédito para su vista, pero a dos kilómetros de San Juan del Cesar cesa el placer de conducir sin obstáculos, se queja el visitante de un tramo inconcluso, polvoriento, lleno de ondulaciones y escalerillas, que deja a sus vehículos en malas condiciones, y también maltrecha la imagen de los políticos que vaporizaron los dineros para  terminar esta obra.

Al llegar a La Junta el visitante encuentra una población tirada a su suerte, en el más absoluto abandono estatal, hay carencia de todo, y de lo más elemental para sobrevivir, el agua; la pobreza pulula en cada rincón del corregimiento más popular de Colombia, sus habitantes hacen ingentes esfuerzos para sobrellevar sus vicisitudes y halagan al foráneo con chucherías, cantinas con música estridente y fondas de sopas; con estos ventorrillos palian un poco sus necesidades, tal y cual lo predijo Diomedes en una entrevista.

Hernán Acosta, cuñado de Diomedes, hace malabares para atender al turista en la casa de la ventana marroncita, donde están las vivencias de una de las canciones  más exitosas de la música vallenata a pesar de sus 40 años. Acosta los entretiene con suvenires  e historias de amores entre Patricia y  “El Cacique”.

En La Junta no hay, ni se proyecta, un sitio donde se pueda reposar del cansancio y de los efectos del calcinante sol antes o después de la visita a los lugares  turísticos, a pesar de ser sitio sagrado de los Diomedistas.

Para llegar a la Finca Carrizal, partiendo de La Junta, es lastimoso observar el otrora, altivo y paradisiaco balneario “El Salto” sin una pizca de agua, se transita por una vía de herradura que también lleva a Patillal; el caos vehicular es monumental, en la finca encontramos un incipiente museo con el dormitorio,  la vestimentas, zapatos, perfumes y otros aditamentos que usaba Diomedes, además una amplia galería de fotos; su administrador proyecta mejorarlo para atraer más turistas, pero se necesita la ayuda estatal; los políticos guajiros son autistas para mejorar la calidad de vida de los junteros, con el legado que su paisano, el hijo más importante de esa región, les dejó.

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Todos los países y regiones del globo tienen sus símbolos (himnos, banderas y escudos), que los identifican en cualquier circunstancia y lugar; Valledupar y el departamento del Cesar no son la excepción de la regla.

Pero en el Cesar y La Guajira sucede un caso muy particular y único, que esta tradición simbólica ha sido absorbida por la magia de nuestros cantos creados por campesinos cantores, interpretados con acordeón, caja y guacharaca, y que han trascendido.

Los nativos de esta región, en cualquier parte de Colombia o del mundo, nos identifican por la música vallenata, nos preguntan por los cantos de Escalona, Gustavo Gutiérrez, Diomedes, Leandro Díaz o la interpretación maravillosa y original del acordeón de Luis Enrique Martínez, Alejo, Juan Humberto Rois, Calixto o Emiliano, solo para referenciar algunos de esa inmensa cantidad de juglares que nos dieron todo de sí, no recibiendo nada a cambio y que todavía siguen en el ostracismo por el egoísmo de nuestros dirigentes miopes, que se empecinan en no darle la importancia que se merecen en la historia  nuestra, inclusive reconocer que el nombre de cualquier político o dirigente de esta sección del país languidece ante la figura egregia de estos cantores.

Qué gran oportunidad perdió la Gobernación del Cesar de desagraviar y exaltar a nuestros trovadores, y en vez de construir un patio con las banderas de los distintos municipios del departamento, que tal vez ni los propios habitantes de cada región conocen, se hubiera levantado allí bustos o efigies con la figura de estos ilustres músicos, con  los cuales todos nos sentimos identificados, y que  han interpretado y divulgado nuestro sentir y vivencias a través de sus crónicas musicales; el mundo está ávido por conocer la historia, orígenes, protagonistas e intérpretes de estos cantos.

De esta manera se hubieran cumplidos propósitos con los que estamos en mora de poner en práctica.

Señor gobernador y próximos dirigentes de esta sección del país, qué bueno hubiera sido que en vez de banderas fueran juglares, este sería el gran reconocimiento que le debemos en la historia contándole al país, al mundo y a nuestra juventud quienes son, y por qué dedicaron sus vidas a un arte que era discriminado, y a pesar de eso, ellos enriquecieron.

Este patio de los juglares hubiera sido objeto de romerías, reconocimiento y admiración de propios y visitantes, un lugar de obligatoria visita, un sitio turístico.

Muchos visitantes que vienen a Valledupar atraídos por el encanto de la música se quejan de los pocos sitios o monumentos folclóricos que tienen el Valle y la región para recibir al turista; hay una total desidia en mostrar los antecedentes y reconocer la verdadera importancia que han tenido los músicos en nuestro desarrollo.

Nos olvidamos del encanto seductor del folclor del Valle de los Reyes, atracción que muchas regiones y países desearían tener, y aquí no le damos su verdadera jerarquía, la minimizamos, decimos que sirve únicamente para beber ron, desconociendo que el folclor es  nuestra verdadera identidad, es nuestra única bandera.

 

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