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Sergio Araújo Castro (14)

Crispín Villazón de Armas. Con ese nombre altisonante habría parecido fácil acomodarse en la estirpe de sus apellidos. Pero el hijo de Ana María de Armas quedó huérfano a muy temprana edad, y quizá por eso escogió ser un rebelde que vivió para honrar la impronta que quiso dar a su existencia.

Crispín llegó como estudiante a la Universidad Nacional de Bogotá en los años 50, y rápidamente se destacó por su simpatía y aguda inteligencia expresada en un verbo grácil y cierto humor con socarrona picardía, que le hizo popular y diferente en aquel mundo académico, diminuto pero vibrante.

Pronto estableció vínculos, desde el movimiento estudiantil, con los jóvenes líderes liberales que dirigían el partido desde Bogotá. Varios de sus amigos se volverían presidentes, y muchos lo acompañarían la vida entera en su obra vital: el Cesar.

El punto de inflexión que encauzaría su destino acontece una mañana histórica, cuando, en medio de la indignación del estudiantado por la imposición de un rector militar en la Nacional, el joven vallenato salta a una improvisada tarima y suelta un discurso encendido y magistral que fue ordenando el pensamiento general al ritmo de su voz portentosa.

La electrizante retórica de Villazón dirigió la masa estudiantil a las calles, tornándose en el más álgido momento de la dictadura. El alzamiento desencadenó turbulentos sucesos cuyo epílogo quedó signado con las muertes de varios estudiantes, episodio fatal que propició el derrumbe de la dictadura de Rojas Pinilla dos días más tarde.

Alberto Lleras Camargo, impresionado con su deslumbrante oratoria y liderazgo, invitó al joven tribuno a conversar, y se llevó de él tan buena impresión que a la postre, ya en el poder, decidió designarlo en un alto cargo en la misión diplomática en Londres. Pero ya estaba enamorado, vallenato a fin de cuentas, escogió el amor y se quedó para casarse. Sin saberlo, empezaba otra historia de amor, la de su devoción por el sueño que hoy es el departamento del Cesar.

El abogado recién graduado, que ya era juez en Villanueva (Guajira), armó familia desposando a doña Clarita Aponte, y a su lado se lanzó a conquistar un espacio político propio en el Magdalena grande, donde ya todos los liderazgos tenían dueño y los vallenatos eran tenidos muy a menos.

El hogar de ambos dio vida a una prole que después sería orgullo de su generación. Nacieron cinco hijos: Iván –la gran voz del folclor vallenato–, Ana María, Francisco, María Paulina, y Clemencia Villazón, quien luego se casaría con Camilo, el hijo menor de don Guillermo Cano.

El principio de la vida del departamento del Cesar está atado a un puñado de almas, entre las que se destaca ese rebelde que fue el ‘Jefe Crespo’. Al lado de Aníbal Martínez Zuleta y José Antonio Murgas desarrollaron todas las gestiones ante el alto poder político, apadrinados por López Michelsen, para conseguir la secesión del Magdalena.

Un político particular

Crispín tenía cierto talante particular, que irradiaba una suerte de irreverencia mayestática ante la dirigencia gubernamental, mientras que, en fuerte contraste, desplegaba una humildad genuina ante las gentes más sencillas. Esa polivalencia, esa ductilidad, fue perfilando su jefatura política hasta fraguar un liderazgo que a lo largo de la vida le granjeó honores y produjo trascendentales realizaciones.

El estilo de Crispín trazó la actitud autonómica del Cesar hasta nuestros días, y estableció como parámetro regular un trato fluido y horizontal con Bogotá y la clase dirigente nacional.

Para materializar al Cesar, todo fue importante. Fue vital la amistad entrañable con Escalona, la relación con Carlos Lleras, sus amistades de la época universitaria, y el afecto tutelar con la Cacica, que le puso música al anhelo vallenato y lo volvió folclor. Todo fue crucial. Incluso esa rebeldía ante los obstáculos, que se manifestó entonces en la polémica contraposición de Crispín a Pedro Castro Monsalvo.

Sin arredrarse ante el exministro de López Pumarejo en su gigantez política, el joven abogado lo desafió. El tema era de fondo: para el gran jefe liberal, la viabilidad del departamento era imposible, y Villazón, en cambio, soñaba un departamento del Cesar desprendido del Magdalena, donde Pedro ya era un jefe.

Su capacidad para moverse en el mundo como un rey en su corte, y en la provincia como un provinciano más, fue vital. Ello materializó un patrón instintivo en su vida, y fijó un modelo a imitar para quienes tratamos de descifrar los motores interiores de ese ser desprovisto de complejos, que se movía prevalido de la seguridad que solo proporciona una mente radiante.

La política es el espacio donde los hombres sin tesoros materiales logran destacarse ante sus semejantes. Y en el terreno de sus méritos, Crispín fue litigante destacado, juez, concejal, alcalde, diputado, senador, embajador, ministro de Estado, dirigente cafetero, hombre de partido, y especialmente labriego del suelo de la vida pública en el que despuntaron figuras que emularon su trayectoria.

Edgardo Maya Villazón, en el estupendo y emocionado discurso que improvisara ante su féretro, lo dijo sin ambigüedades: “Yo no le debo algo a Crispín, porque simplemente a Crispín le debo todo”.

En el sepelio fue inevitable hundirse en las memorias: cuando el éxito en política trasladó el hogar Villazón Aponte a Bogotá en los 70, los amigos de sus hijos, que vivíamos allí, convertimos su residencia de la 127 en una embajada espontánea de Valledupar en la capital.

La casa de Clarita fue un espacio afectuoso de tributo al conocimiento, a un existir en permanente pleitesía a la honradez, al servicio desinteresado, un escenario de dialéctica natural donde había debate y se respiraba un ambiente de libre expresión en el que la autoridad surgía del amor y la familia. 

A las generaciones posteriores, Crispín buscó inculcar ese espíritu libertario suyo, forjado en el hábito eterno de la lectura que lo ancló en la más profunda identidad con el liberalismo clásico europeo.

A ritmo vallenato

Villazón profesó como credo la probidad y rindió tributo solo a la ilustración y la inteligencia, mientras pregonaba que la igualdad verdadera viaja en una nave que solo arriba a su destino con el combustible del conocimiento y el estudio.

El engrandecimiento del folclor que –sin injusticia alguna– se atribuye a Consuelo Araújo, Escalona y López esconde a veces el protagonismo paralelo de otros que también se han ido, como Andrés Becerra, Hernando Molina, Clemente Quintero, Aníbal Martínez Zuleta, y ahora, destacadamente, de Crispín Villazón de Armas.

Ellos les pusieron gracia a las tertulias en donde se alternaba el costumbrismo vernáculo con la literatura universal entre citas, poemas y alusiones a la historia.

Imposible olvidar que a su despliegue de acción política, Crispín sumó ininterrumpidamente una consagración a la bohemia vallenata, que fue un atractivo adicional para ese país intelectual que empezó a moverse hacia Valledupar, del mismo modo que el mundo de la literatura se mudó a la bohemia parisina en la postguerra.

El contraste entre el embrujo autóctono de la música de la provincia, aderezado por ese puñado de intelectuales que hablaban de filosofía y política como eruditos, enamoró a Colombia de Valledupar al ritmo de paseos, merengues y pullas, y los encantados visitantes pusieron de moda esta comarca donde un juglar como Alejo campeaba, hombro a hombro, con un intelectual aquilatado como el senador Villazón de Armas… ¡Y nació el Cesar!

Crispín vivió sus últimos años como amo y señor de La Carolina, su finca cafetera, el sencillo imperio verde de cafetales que fueron su guarida y su morada. Una propiedad bien trepada en la falda alta de la Sierra Nevada, del lado cesarense, en Pueblo Bello, municipio que también fundó. Allí escogió dormir y despertar sus últimos años.

Lo visité en ese paraíso de alegría que construyó con sus hijos. Lo vi realizado. Lejos ya de sus cuitas bohemias y desasido sin nostalgia del Old Parr. Descifré cuán orgulloso se sentía de su periplo vital, muy consciente del alto punto que dejó a las generaciones posteriores y embargado en una forma de humildad que solo surge de la certeza de haber vivido bien, de haber sido ejemplar, correcto, bueno, y de haber sembrado, y sembrado, y sembrado…

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Ya publicada la lista a Senado del Centro Democrático (CD), terminaron las especulaciones sobre el futuro de Uribe. Se necesita no conocerle para afirmar que no va a posesionarse o que renunciará después de conseguir las 40 curules que, me atreví a vaticinar en ésta columna hace un año, para esa bancada que será mayoritaria en la cámara alta.

Si el pronóstico se da, el CD será determinante en el debate presidencial, y dos escenarios pueden proyectarse:

Para hacer posible el primer escenario, Carlos Holmes Trujillo y Oscar Iván Zuluaga tendrían que desmarcarse del esquema de “sesión solemne” en el que los vemos siempre, detrás y al lado de Uribe. Si no, jamás remontarán a Francisco Santos quien adelanta una campaña bien asesorada, independiente, coherente, que evita dar la sensación de ser un apéndice de Uribe. Por eso le está yendo mejor, a pesar de ser el menos preparado, el más impetuoso e impredecible, y el menos fiable de los precandidatos.

Si encienden su luz propia, pachito se irá desinflando, teniendo en cuenta que ostenta la mayor “imagen negativa” de los tres, y que vistos por separado, la indiscutible superioridad intelectual de Trujillo y Zuluaga crecerá ante los votantes.

En ese escenario, a pesar de que Zuluaga lleva meses de ventaja, y gozaba -antes de pedir la renuncia a Jose Obdulio- del favoritismo entre los “furibistas del ceroporciento”, preveo que el instinto de conservación moverá al uribismo hacia Carlos Holmes Trujillo. No es difícil entender que Pachito es el candidato uribista al que Juan Manuel Santos prefiere enfrentar, pues se simplifica la escogencia entre un Santos “probado” y un Santos “loquito”, y  las encuestas señalan ese camino al presidente, que molería a Francisco.

El despliegue “pachista” en la prensa bogotana, no es eficiencia mediática de Pacho, sino impulso soterrado de Juan Manuel para “ayudar” al que mas le conviene.

Si Oscar Iván Zuluaga consiguiera superar el autogol que se hizo, y retomara su opción, o si Carlos Holmes se pellizca y activa su chispa, cualquiera de los dos que consiga ganarle a Francisco pondrá al Centro Democrático a debutar ante la historia pasando a segunda vuelta y seguramente derrotará al presidente en su aspiración reeleccionista.

Por eso resulta incomprensible que entre los altos heliotropos del uribismo se siga murmurando la “necesidad” de pensar en Peñalosa, o excluir a José Obdulio de la lista a Senado para no disgustar a Pastrana, con miras a traer a Luis Alberto Moreno o al exalcalde, en vez de quienes ya están, cuando por lo menos dos de ellos poseen el mismo –o mejor- nivel que los añorados.

Esta injusticia con Zuluaga y Trujillo pudo originarse en haberles obligado a presentarse en paralelo con Francisco Santos, quien no es percibido como una opción razonable entre la mayoría de los votantes, con lo cual, esa tripleta, a pesar del peso intelectual de los exministros, se ve caricaturesca, exactamente como una película con Clint Eastwood y Robert Redford, en cuyo elenco incluyeran a “Suso el Paspi”.

Si Francisco Santos hubiera querido prestarle un gran servicio al uribismo, debió encabezar la Cámara en Bogotá, donde el “mamertismo” pulula y su nombre habría podido elegir al menos 5 escaños; o reservarse para hacer, igual que Lucho y Petro, cursillo de administrador como alcalde. Eso era lo políticamente lógico y proporcionado…

En el segundo escenario todo seguiría como va y Pachito ganaría la postulación presidencial del CD en la consulta de marzo. En tal caso, la bancada tendrá que girar un cheque en blanco para entregarlo a quien pase a segunda vuelta (ahí sí Navarro o Peñalosa) pues no será el candidato del CD, toda vez que un crecimiento suficiente en favorabilidad, resultaría imposible al ex vicepresidente, que arrastra una percepción negativa demasiado alta en todos los sondeos de opinión.

El Centro Democrático se limitaría a coadyuvar en la elección de quien derrote a Juan Manuel Santos, en una alianza programática de gobierno, muy al estilo de las democracias europeas. Y se elegiría un gobierno de coalición, en el que la bancada del CD mandará desde el legislativo, con lo cual el nuevo presidente va a tener un margen de maniobra y gestión muy distinto al que han gozado los mandatarios de los últimos dos siglos. Será bueno para Colombia.

Del mismo tema: Ojalá la renuncia de Juan Carlos Vélez no termine saboteando el mecanismo legítimo y serio de la consulta. Ojo, que apenas van 5 de los 90 minutos del partido. ¡Sería Sepúku!

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“Abrazar el momento de paz” proponía en la W el padre Lapsley, un sudafricano por adopción, blanco, quien por luchar contra el apartheid fue deformado físicamente por una bomba, un episodio de los muchos ocurridos durante el largo periodo de confrontación violenta que sumió a esa gran nación en el oscurantismo político, tantas décadas.

Michael Lapsley proponía “hablar para encontrar espacios de perdón”, y decía que la sociedad debía reconciliarse y encontrar un punto de encuentro alrededor de la nación que todos soñamos a futuro.

Oyéndolo, entendí la razón por la cual “nuestra paz” no se asienta; un fenómeno que se muestra dramáticamente en las encuestas que muestran como la mayoría quiere la paz, y -aparentemente- de manera contradictoria, esa misma abrumadora mayoría no quiere impunidad, no acepta darles representación política, y no cree en la voluntad de reconciliación de la guerrilla.

Sus palabras, ejemplarizantes, develan como nuestro “sueño de paz” padece de una incorrecta formulación pues se procura entender el fenómeno con parámetros convencionales, haciendo paralelismos imposibles con Sudáfrica, Irlanda, y otras naciones; por eso los apóstoles de paz que vienen a darnos valiosos testimonios, como Lapsley, Desmond Tutu, y tantos otros, cuyas visitas agradecemos, traen un mensaje que genera admiración, pero no identidad en esa población que opina en las encuestas.

La razón está en que Sudáfrica e Irlanda, por ejemplo, sufrieron penosos años de confrontación por una división verdadera, y significativa en términos porcentuales, entre grandes segmentos poblacionales definidos; en el primer caso por intolerancia racial, y en el segundo por hondas confrontaciones religiosas. Así las cosas, las palabras tolerancia y aceptación, podían desembocar en perdón, verdad, reconciliación y convivencia.

En Colombia no es así, aquí somos el mismo tutti frutti racial, somos mayoritariamente cristianos, y las consignas raciales y religiosas en todo caso no generan las pasiones que producen violencia. Como si fuera poco, nuestro marco legal fomenta la tolerancia, y protege casi excesivamente las minorías.

Nuestro problema es diferente, aquí, la guerrilla pasó de reivindicar –hace 50 años- una pequeña franja campesina sin ideología distinta a su necesidad de subsistencia viable, e hizo una  metamorfosis hasta someterla e incluirla en un esquema de guerra de guerrillas sin esperanza de triunfo.

Esa deformación ha producido por años, una situación local de fuerza, apenas suficiente para narcotraficar, secuestrar y extorsionar con ánimo de lucro, que ha facilitado atentar sistemáticamente contra la infraestructura del país, de modo que 20 jefes, y 120 subjefes consigan esquemas locales de dominación violenta que han causado inmenso daño humano y amedrentamiento a empresas y personas, en un accionar que distorsionó negativamente nuestro crecimiento, y produjo fenómenos de respuesta que también alteraron para mal el discurrir histórico.

Pero, sin duda, aquí no hay una división poblacional violenta. No hay una confrontación racial, religiosa, y ni siquiera ideológica, y apenas quizá un descontento oscilante entre segmentos socioeconómicos que en efecto viven en condiciones que requieren atención urgente y patrocinio estatal para su desarrollo.

El problema de la paz es que si se trata como un esquema de guerra civil, se le está dando una jerarquía a los armados que no tienen ante la sociedad. Y quizá lo primero, antes de entregar sillas en el congreso y esquemas de justicia transicional, sería permitirles contarse en una elección para que se les trate políticamente como la inmensa minoría que son, y se les de una oportunidad de reinserción, generosa sí, pero adecuada para su condición de grupo armado sin apoyo porcentual significativo entre la población.

Si nos aventuramos a los números, quizá entenderíamos que la guerrilla no es ni representa el 1% de la población. Así las cosas, ¿tiene sentido sentarse a “refundar la patria” con quienes no representan mas que eso, y quizá mucho de ello solo a la fuerza?

La respuesta es no.

Comprender esta diferencia con los conflictos de otras naciones, nos devuelve a entender que Uribe tiene y tuvo razón, y el tratamiento a la guerrilla no puede ser distinto a tratarlo políticamente como un problema policivo, así su capacidad de fuego y daño nos obligue a un desenvolvimiento de área típicamente militar.

No hacerlo así sería lo mismo que una fiesta de matrimonio con 100 invitados en los que uno de ellos, muy borracho, le agarre las nalgas a la novia, tire al piso la mesa del Buffet, le pegue una trompada al novio, y cuando la fiesta se hace un caos, los 99 invitados y los agredidos, en vez de sacarlo inmediatamente del recinto, le inviten a otro trago, le pidan comportarse, le entreguen la novia para bailar, y decidan hacer como si nada hubiera pasado…

Revisen los porcentajes, y piensen que es “su” fiesta. Es exactamente así de intolerable.

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Con ocasión de los tres años de la administración Santos Calderón muchos columnistas se han lanzado a defender la obra del Presidente. Escribir de último permite repasar argumentos de los defensores. Así que voy a omitir lo que me parece malo, para solo analizar lo que algunos consideran bueno. Veamos…

Hay quienes empiezan la defensa del gobierno Santos señalando el restablecimiento diplomático con el vecindario.

Si bien el esfuerzo con Ecuador era necesario, después del alto costo de la acción militar contra ‘Raúl Reyes’ y secuaces, instalados donde el vecino sin permiso, pero delinquiendo aquí y escondiéndose allá, hay que reconocer que el empeño en “arreglar” con Ecuador era un deber colombiano.

Sin embargo, no pasa lo mismo con Venezuela.

Tres años después de la cómica redefinición del “nuevo mejor amigo”, Venezuela no ha devuelto lo expropiado a Éxito, ni ha pagado las deudas a los comerciantes colombianos; sigue privilegiando a Brasil y Argentina como fuente de abastecimiento alimentario, aunque lo colombiano les saldría más barato, y nos regaña como si fuera “el patrón”, recordemos la reacción tras la visita de Capriles.

El restablecimiento diplomático con Venezuela parece más un arrodillamiento al fallido régimen bolivariano a cambio de nada.

El primer síntoma negativo fue la deportación del narcotraficante Walid Makled. Aunque ya Estados Unidos había solicitado su extradición, Santos decidió dejar a los gringos con los “crespos hechos” y entregó a Makled a sus ex-socios bolivarianos.

Ese día, todo empezó a pintar color de hormiga. Porque Santos sabía que, en Washington, Makled sería vital para descifrar las relaciones del Chavismo y las Farc con el narcotráfico. Y que para Chávez, dejarlo llegar a Estados Unidos equivalía a entregar la caja de Pandora del régimen.

Después que Uribe y Santos denunciaran a voz en cuello los vínculos de cierto sector de la oficialidad bolivariana con FARC y narcotráfico, “entregar” a Makled en las fauces del lobo, fue la primera gran claudicación ante Venezuela.

Desde entonces, toda la partida diplomática se ha jugado en beneficio bolivariano, y no se entiende cómo tanto, puede ser a cambio de propiciar que las FARC disminuidas como estaban, se sentaran a dialogar en La Habana. Tanto menos sabiendo que el gobierno venezolano, lejos de ser imparcial, ha sido anfitrión feliz y soporte geoestratégico de ése y otros grupos terroristas.

Así que “cuadrarnos” con Venezuela no ha tenido mucha gracia, porque nada se ha arreglado, pero sí asumimos un inmenso costo en fisuras de seguridad nacional y menoscabo de dignidad institucional.

Relacionar el fiasco que fue la Cumbre de las Américas como un éxito, es no recordar lo acontecido: Después de gastar 35 millones de dólares, Correa no vino; Chávez tampoco; la Kirchner salió furiosa como un relámpago; Dilma no se reunió con nuestro Presidente, y nadie firmó la declaración final porque no hubo. La reunión quedó sin conclusiones ni norte; al punto que quizá ese foro haya recibido en manos de Santos su estocada final.

Tampoco es razonable incluir como acierto del gobierno el brusco viraje en la doctrina de seguridad nacional: De un esquema de control policivo-militar-judicial que sometía ante el Estado todo elemento armado por fuera de la institucionalidad, para aclimatar el diálogo con las FARC, que ya tenía en mente, este gobierno decidió dar a la guerrilla “estatus de beligerancia” y con ello les graduó como insurgencia política cuando estábamos ya convencidos, por sus actos, que lo suyo era simple terrorismo criminal.

Ahí comenzó el “proceso de paz” que muchos consideran la justificación principal para defender un gobierno que padece gran impopularidad entre los gobernados, y no consigue que sus “locomotoras” (versión santista de las “misiones”) arranquen de verdad.

Pero “la paz” no se ve, y en cambio el gobierno se ha dedicado a mover los hilos de los medios para producir -vía propaganda- una sensación de esperanza, que la mayoría no consigue deglutir, y está costando miles de millones de pesos, en un agresivo despliegue de pauta oficial que desfigura la libertad de prensa y derrumba las barreras de la ética periodística, corrompiéndola “legalmente”.

Mientras gobierno y medios hablan de paz, la guerrilla asesina soldados inermes a traición, secuestra, trafica y fortalece su aparato armado desde el vecindario alcahueta, que hace de celestino fingiendo imparcialidad para disimular una década de complicidad con terrorismo y narcotráfico.

Así que, por ahí, tampoco hay mucha defensa.

La restitución de tierras sí era un esfuerzo valioso. Lástima que el gobierno haya decidido perder tres años en dos frentes. Porque dejó al país sin Ministro de Agricultura, pero Juan Camilo Restrepo tampoco restituyó un comino. Entretanto el gobierno se limitó a hacer activismo antiuribista fabricando tramas imaginarias, e inventando un ejercito armado antirestitución que no existe.

La consigna de la restitución fue justa, pero tardía, porque desconoce que la raíz del problema social colombiano YA NO está en la tierra rural, sino en el desequilibrio de oportunidades en educación, crédito e ingresos en las urbes donde reside el grueso de la población. De paso ignora que la ausencia del Estado en el área rural, es crítica en salubridad, educación, atención medica, comunicaciones, vías, y esparcimiento, factores que son generadores de desplazamiento, al tiempo que estimulan la venta y abandono de tierras, y facilitan la desaparición de minifundios que no tienen ya como ser sostenibles en la economía de los TLC.

Los otros temas para intentar defender al gobierno son un mérito de cosecha, pero no de siembra. Porque la inflación de un dígito, la tasa de crecimiento favorable en el concierto continental, los altos márgenes de inversión extranjera, y la confianza de los inversionistas, son realidades macroeconómicas que deben mucho al esquema constitucional del 91 que diseñó la Junta del Banco de la República, y al esfuerzo sostenido del gobierno Uribe que estableció la Seguridad Democrática, la Confianza Inversionista, y la Cohesión Social, como los tres pilares del trípode sobre el que se afianzaría la Colombia de la restauración institucional que surgió en los ocho años del gobierno cuyos resultados eligieron a Santos, aunque él ahora pretenda desdibujar esa historia.

No hay mucho que defender. Ojalá solo tiempo perdido que lamentar…

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Se equivocaron al usar el adjetivo “puro” para denominar el movimiento Uribista. Buscaban un sinónimo de “preciso”. Pero no se les ocurrió la palabra “Justo” que hubiera tenido lectura precisa, y que en caso de tergiversación habría sido entendida como la calidad de quien bien ejerce justicia.

Pero no. Se “pelaron” con una de las pocas palabras que simboliza exclusión y recuerda el fascismo nacionalsocialista.

Debió intervenir el propio Uribe para simplificar el nombre y quedó solo como Centro Democrático, que no suena como un partido o una noción ideológica, sino como un lugar, como “Centro Comercial”, o “Centro Cristiano”, pero que en últimas… ¡Aguanta!

Sin embargo, lo “flojo” no es el nombre, sino la dinámica general de las decisiones políticas del Centro Democrático, que es un huevito de Partido, aunque los que lo integran -salvo Uribe- jamás han sido elegidos; quizá por eso dan palos de ciego y cada cual vuela hacía el líder con una idea propia de cómo hacer las cosas, sin que aún se ponga en practica algo que pueda significar éxito electoral.

La primero distorsión es la fijación de prioridades. En mi opinión, lo primordial debería ser trazar la meta de elegir 35 Senadores. Si, 35 a ver si se eligen 20. En vez de estar desgastando a Uribe y dividiéndose con unas precandidaturas presidenciales en las que la base poco cree.

Para que la gente crea, Uribe tiene que poner su cuero en el asador, y decir “sí soy candidato al Senado y vamos a elegir una mayoría parlamentaria para devolverle la dignidad al estado desde el legislativo”. Cuando eso pase, la gente volverá a creer en la presencia política de Uribe. Su capacidad mediática y simbólica no está en discusión.

Quien albergue dudas sobre por qué es importante que el Uribismo ejerza una posición institucional desde el Congreso, solo tiene que preguntarse si –por ejemplo- la Reforma a la justicia, la ley de victimas, la ley Marco para la Paz, la ley que Restitución de Tierras, o la reforma al sistema de regalías que volvió a centralizar en Bogotá la plata, ¿habrían sido iguales en su articulado o habrían podido pasar por el tamiz de una bancada deliberante que entrenó 8 años ejerciendo el gobierno? La respuesta es “No”. Todo lo que ha aprobado el Congreso, que tanto irrita a Uribe y al Uribismo, sería muy diferente, o no sería.

Por eso es que hay que pasar de Twitter y medios al Parlamento. Porque hacer control político desde el Senado obligaría a un gobierno de corte liberal-socialista como el de Santos, a consensuar sobre lo fundamental para gobierno y oposición.

Seguramente todo sería de mejor factura y habría un equilibrio en la interpretación general de lo que hace el estado para los gobernados.

Para el Uribismo, marcaría un punto de inflexión el elegir una bancada que, por su independencia y por la naturaleza de su elección (al auspicio del prestigio de un gran líder) pueda parase en raya, con patriotismo, sin animo saboteador, constructivamente y con firmeza en cuanto a la independencia del legislativo, para producir el equilibrio vital, el “Checks and balances” del que hablara Alexander Hamilton pensando en Montesquieu.

Lo urgente es balancear el sistema presidencialista colombiano caracterizado por una concentración progresiva de poder real en el ejecutivo, que ha convertido a los sucesivos congresos en comités de aplausos de los presidentes de turno.

Eso, cambiaría radicalmente, con una bancada elegida en nombre de un movimiento en el que los votos no sean de cada legislador sino del conglomerado político, o partido -cuando lo sea- porque, aunque el primer paso ocurra en un esquema claramente caudillista en el modo de elección, a la hora del funcionamiento esa bancada se parecerá mas a un partido europeo o norteamericano, que al filibusterismo político que sale de los partidos colombianos con el tal “voto preferente”.

Luego, tras haberse establecido tal enclave en el estado, ahí sí se puede pensar que una figura destacada de ese grupo se constituya en continuador del pensamiento administrativo y político de Uribe.

Salir a improvisar candidaturas, bajo una divisa sin madurez ideológica, cuando claramente la mayoría se aglutina alrededor de ambiciones individuales, no es sano, e inevitablemente producirá una frustración similar a la causada por el extraño gobierno de Juan Manuel Santos.

Los precandidatos Uribistas en vez de competir en pos de una candidatura sin base electoral comprobable, deberían formar parte de ese Senado aquilatado que se elija con Uribe a la cabeza: Zuluaga, Trujillo, Jose Obdulio, Ramos, Pachito incluso, y hasta Lafaurie (si suelta la teta de Fedegan) así como algunos exministros y funcionarios del gobierno pasado, deberían alinearse con Uribe para entrar pisando fuerte en el Senado de la República.

¿Por qué no? Si Uribe puede, ¿por qué tiene que ser acompañado de mozalbetes y repentistas? Debe usar a quienes pondere como el mejor recurso humano de su sector político, pues no es tiempo de aprender, sino de ejercer lo aprendido.

Ello produciría una sensación desbordada de confianza en la ciudadanía y causaría una votación tan copiosa que podría superar la meta que planteo.

Pero más que todo, movería el eje de las decisiones nacionales a donde nunca debió permitirse que saliera: El Congreso. Y resurgiría como epicentro de la democracia, produciendo reformas y leyes del tamaño intelectual y calibre de sus protagonistas.

Para eso, Uribe tendría que dar un viraje, agarrar el toro por los cuernos y fijar las prioridades según la conveniencia del proyecto, con el sentido común de un estratega. Así detendría la guerra de egos y el exceso de pequeñas iniciativas distractoras al interior de su sector político, que no están produciendo confianza ni resultados.

Librar batalla en dos frentes es anti-estratégico: Primero el Senado. Luego el gobierno con el liderazgo que surja de un brillante ejercicio parlamentario que nos devuelva la fe en el diseño tricéfalo del republicanismo democrático colombiano.

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De otro tema: La descalificación más sensible para Juan Manuel Santos -hasta hoy- salió de la pluma sin anestesia de Poncho Renteria, quien lo “raja” en su columna de El Tiempo. Cercanísimo a los Santos, la baja nota prueba que Rentería es un amigo verdadero cuya honestidad haría bien en valorar el Presidente.

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La hacienda El Diluvio es un territorio de ensueño pegado a la muralla que es la Sierra Nevada de Santa Marta, del lado de Valledupar. En los años 40 y 50, al Diluvio se llegaba transitando una trocha grosera labrada a pico y pala por el mismo trazado que pronto será autopista doble calzada entre Valledupar y Bosconia.

Llegar a la hacienda era adentrarse en un mundo salvaje y mágico donde los armadillos caminaban entre los pies de los comensales sentados en mesas de tablón, sobre las que se vertían viandas en hojas de plátano. Estas hacían las veces de mantel y fuente del bastimento y presas que acompañaban los sancochos servidos en escudillas de Totumo.

Por las tardes, hacendados y visitantes iban, escopetas en mano, a cazar patos migrantes, metidos en los Jagüeyes con el agua a las caderas… Luego, al caer la noche, la caza era de infantería, dando largas caminatas en busca de conejos, guardatinajas y venados, con lámparas de baterías ajustadas a las cabezas.

Las expediciones en la espesura serrana incluían matizar la emoción de la caza nocturna con buen escocés, para amortiguar la conmoción de caminar con el rugir de los jaguares como fondo musical, bajo el cielo negro salpicado de plata que reina Valledupar.

En El Diluvio, trabajando la tierra, cazando, y tomándose sus tragos con el Mono Vergara, el Vasco Irusta y otros amigachos; bregando en campos de arroz durante el día, y pasando las tardes bajo las frondas de los algarrobillos, contemplando paisajes de arreboles surcados por parejas de guacamayas que volaban en todas direcciones.

En ese mundo encantado de su hacienda, empezó el amor de Alfonso López Michelsen con las provincias de Valledupar y Padilla…

El mejor estudiante de los colegios privados de Paris había vivido prácticamente toda su vida “en uso de razón” lejos de la Colombia que debió sentir como referencia de su importancia sobre la tierra, pues desde niño fue estudiante interno en colegios del exterior, y por ello no tenía plenamente el roce vital de la cotidianidad con su patria. A ello atribuyo el que, una vez de vuelta en el país, se volcara a sus raíces más provinciales para profundizar en su colombianidad, quizá por eso -para anclar hondo sus arraigos- escogió su ancestro vallenato, el “Pumarejo” de su abuela, era -para entonces- el más aldeano de sus apellidos.

En la capital, “Alfonsito” era el hijo del presidente López Pumarejo, vestido de paños ingleses y corbatas francesas, embebido en ejercicios dialécticos entre clubes y tertulias políticas, quien alternaba la catedra magistral universitaria con textos periodísticos controversiales. Pero en Valledupar, todo era llano, simple, y sobretodo horizontal. Entonces, las clases sociales no se marcaban en un modo de tratarse que implicara sumisión, pues la precariedad general de lo material, desproveía de lujos o privilegios simbólicos a los pudientes, con lo que todos tenían una sensación de igualdad, que sumada a la mentalidad campesina entregaba una atmosfera social sana, sencilla, de asueto y frecuente lírica vernácula, que López aprendió a disfrutar desde el primer instante.

El Mono Vergara era su socio, y el Vasco Irusta era un agrónomo español, que llegó como asistente técnico de los cultivos de arroz, y pronto se incorporó a la bohemia vernácula de López y sus amigos locales, colgado de sus dotes de guitarrista y cantante. A pesar de las parrandas, los nuevos arroceros sí sembraban y trajeron a la provincia, la primera máquina de recolección y empaque combinados, que los agricultores conocen como “combinada”. La combinada era una revolución, y servía para cosechar, tanto como para escapársele a la rutina bajo el pretexto de que debían atender sus averías.

Oí varias veces la anécdota de cómo una vez, doña Cecilia Caballero, cansada de esperar mientras López iba con los compañeros “a atender la combinada”, decidió desplazarse hasta la finca, y encontró que los agricultores departían -Whisky en mano- con algunas jóvenes del pueblo de Mariangola, vecino de El Diluvio. Sin hacer cara de sorprendida, oronda y con su hermosa sonrisa imperturbable, la “Niña Ceci” se acercó a donde su esposo y le pregunto con picardía: “Alfonso, ¿y cuál de estas jovencitas es la que llaman La Combinada?”

Tiempo después, el arroz quedó atrás, pero no las amistades forjadas en el Macondo que Gabo empezaba a dibujar y López terminaría de construir; por eso, cuando el Magdalena se partió bajo el ímpetu secesionista de un puñado de valduparenses, López entró a la causa y apoyó en la Cámara de Representantes la iniciativa de creación del nuevo departamento. Su empuje, sus luces, y su prestigio, fueron determinantes para apuntalar el empeño de los políticos locales, que lo veían como uno de ellos, por eso fue “natural” que el Presidente Lleras lo nombrara, a solicitud de los cesarenses y propia, y él quisiera ser, el primer Gobernador del Cesar.

Cuando en el futuro se escriba la historia de las últimas cuatro décadas del Cesar, alguien de seguro identificará hasta qué punto, haber tenido como primer gobernante a un hombre de la talla de López, fijó un parámetro altísimo –para sus sucesores- en la comprensión del manejo de la cosa pública, que tiene todo que ver con el desarrollo logrado y la honradez con que se manejó éste departamento.

Pero el legado de López Michelsen supera el valor del ejemplo como medida. La arborización de Valledupar; el haber convertido la música de la provincia en “vallenato” a secas, y el habernos hecho entender que la gracia de los provinciano no estaba en lustres foráneos, sino en nuestra propia cultura, amén de la transformación de nuestra forma de vida durante su gobierno, hacen parte de su huella indeleble en la vida del Cesar.

Antes de López en Valledupar había pocas calles pavimentadas, no había energía eléctrica, el aeropuerto tenía una pista en gravilla, no había crédito, ni clase media, ni  liderazgo nacional. No teníamos identificada una cultura propia, ni soñábamos con que nuestra música sería emblema de la patria ante el mundo. Todo ello lo hizo el Cesar, pero López fue el guía, el faro, la luz, el mapa, el baquiano y el guardián de ésta heredad.

Alfonso López amó al Cesar; rubricó nuestro talante imprimiéndole sus profundas convicciones éticas; nos protegió durante 50 años, en los que su prestigio personal fue coraza y ariete político, ante los sucesivos gobiernos; fue mecenas de nuestra clase dirigente en varias generaciones, y le dio alas a nuestro folclor, a nuestra esencia y a nuestras vidas incrustando lo vallenato y lo cesarense en las –hasta entonces- inalcanzables cúspides del poder nacional.

Escribir sobre quien modificó mi propia existencia no es fácil. Un gesto de autonomía administrativa del entonces Presidente López, desplazó para siempre y de un plumazo toda mi familia a Bogotá cuando apenas tenía 11 años. No eludo confesar mi hondo afecto por su persona, ni mi gratitud íntima  ante quien fuera para mí y los míos una persona cercanísima, un amigo mil veces probado, y ejemplo inmaculado de probidad, entereza y carácter.

Pero la ponderación de su faena histórica y su incidencia transformadora en lo vallenato, está desligada de mis afectos, aunque sí provista de la información testimonial detallada de sus quehaceres a través de los años en beneficio del Cesar y sus gentes.

La historia de Alfonso López Michelsen y Valledupar, es una memoria de amor entre inmortales. Él vivirá siempre a partir de realizaciones imborrables, la ciudad y la cultura vallenata serán homenaje eterno a un hombre que perfiló su identidad y terminó de tallar el carácter diferente de los vallenatos y cierta forma conspicua de entendernos con el resto del país, en lo cultural y en lo político, al inculcarnos el espíritu igualitario y liberal del gran federalista que siempre fue.

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Fallecido Chávez, el proceso de paz, apadrinado por el régimen Maduro, quedó en manos de las angustias de su gobierno tambaleante e incapaz de establecerse ante la sociedad. Seguramente por ello exige una militancia rabiosa de sus aliados internacionales.

Cuando Santos optó por entregarle al régimen chavista el tutelaje del proceso de diálogo para llegar a la reinserción del grupo paramilitar insurgente que es las Farc, perdió de vista que iba a hablar con el mayor enemigo del régimen constitucional y del gobierno. Solo así es comprensible que haya aceptado poner en suelo cubano la negociación, pues –con ello– aceptó a la mamá del enemigo como anfitriona y quedó expuesto a que la neutralidad dependiera de la estabilidad política del papá del enemigo, que era Chávez y su bolivarianismo caricaturizado.

Cualquiera sabe que sin Venezuela como anfitriona descarada, las Farc no habrían sobrevivido a la arremetida de las Fuerzas Armadas institucionales colombianas, pues la política de Seguridad Democrática casi extinguió su capacidad militar y les obligó a replegarse al abrigo del Coronel. No precisamente “al escondido”, sino por orden expresa de Hugo Chávez, quien puso al estamento armado oficial bolivariano a proteger a las Farc y les brindó las comodidades de una vida burguesa en las agradables y cómodas ciudades venezolanas.

Venezuela ha sido, desde el gobierno de Uribe hasta hoy, la sede civil de las Farc y todo el estamento oficial chavista les protege y apoya, como bien sabe el presidente Santos, quien tuvo y tiene acceso a la información de inteligencia colombiana y norteamericana, que no deja dudas. Por eso lo denunció a voz en cuello cuando era Ministro de Defensa de Uribe. Aunque hoy muchos olviden que la impertinencia oral de Santos causó la mayoría de los roces diplomáticos entre los dos países.

Por eso, era inevitable el papel de “facilitador” del régimen venezolano en el proceso de diálogo con las Farc, el gran error fue aceptar a Cuba como sede de los diálogos, porque con ello Colombia entregó al eje ideológico Castro-Chavista la posibilidad de éxito, pues mientras oxigenó internacionalmente al decadente régimen cubano, se hipotecó a los caprichos del tambaleante gobierno de Maduro, incapaz de abastecer a los ciudadanos de productos básicos como harina y papel higiénico, mientras navega en la riqueza del petróleo, pero precisa proyectar legitimidad a sus ciudadanos apoyándose en el reconocimiento internacional, obtenido mediante el chantaje a los gobiernos que dependen de Venezuela.

Colombia era excepcionalmente independiente. Santos la volvió dependiente con sus equivocadas opciones frente al diálogo con las Farc.

La visita de Capriles a Santos, y la reacción irrespetuosa y altanera de los sátrapas que se repartieron el poder bolivariano tras la muerte de Chávez, pone al Presidente de Colombia frente el espejo para que vea la dimensión de sus errores.

¿Qué hacer ahora? ¿Salir a hablar mal de Capriles? ¿Exaltar a Maduro y a Cabello en lisonja descarada para apaciguarles? ¿Regalarles toneladas de papel higiénico y harina de maíz para que perdonen a Colombia por el agravio de ser soberana e independiente un instante? Difícil aconsejar al gobierno…

Quizá sea el momento para que el gobierno recupere la iniciativa y estremezca el proceso desvinculando al bicéfalo régimen Cabello-Maduro de su protagonismo frente a las Farc. Una formula sería mover los diálogos -por ejemplo- a Republica Dominicana -que si es neutral- o al Perú, que tiene todo para serlo. De ese modo se “colombianizaría” el dialogo y el péndulo de las decisiones se movería al vaivén de la racionalidad de las propuestas de las partes.

Si yo fuera Santos, aprovecharía el altivo irrespeto de los chavistas para darle una sacudida a un proceso en el que hoy, las Farc tienen la iniciativa apoyada en que hablan en tierra propia y las respalda la protección militar y económica venezolana.

Si Santos fuera capaz, ganaría mucho respaldo interno cuando la gente reconociera un gesto de autonomía y fortaleza, de cara al grosero chantaje desplegado por Cabello y Maduro; de paso conseguiría volver a “encarrilar” la iniciativa frente a unas Farc que hoy llevan las riendas de los diálogos, mientras el gobierno por necesidades electorales y debilidad política geoestratégica, acepta vaguedades como el acuerdo de tierras, y disfraza cuanto cede en todo.

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No me causa tribulación confesar que soy pro-norteamericano, es más, me siento orgulloso de serlo. Pero no porque me encanten los bares y restaurantes de Chicago, New York o New Orleans, o goce yendo de compras a los outlets, ni porque admire el orden perfecto de sus autopistas interestatales, o porque me guste ver rubias, negras y asiáticas bellas revoloteando en Manhattan o Los Angeles. Todo eso me gusta ¡Claro! Pero mi fruición surge de algo más allá de la estética variopinta y mágica que despliega la amalgama social  fundida en el sueño americano.

Tampoco lo soy en sentido invasivo. Es decir, no soporto imaginar a Theodore Roosevelt cuando pregonaba poder intervenir al sur del Rio Grande como le viniera en gana, ni el sesgo “imperial” que  escondía la “Doctrina Monroe” deformada, desde la concepción integralista de John Quincy Adams, hasta la caricatura abusiva en que la transformó el “Corolario Roosevelt” -del mismo Teddy- practicado por tantos Presidentes.

No. Mi admiración por los Estados Unidos tiene que ver con el talante institucionalista del sistema norteamericano tal como opera y palpita tanto fronteras hacia adentro, como en la psique colectiva que –mayoritariamente- practica un desprecio cierto por la mentira y un gusto natural por la austeridad, mientras se rinde tributo al valor del orden, y la gente vive orgullosa –en general- de lo bien realizado. Lo admirable de los Estados Unidos es lejano a su presencia internacional, un poco antipática, con soldados y aviones desplegados por el mundo, y empresas que depredan el medio ambiente en una rabiosa escalada por el lucro.

En cambio su Sentido Patriótico es envidiable, pues no reside en las formas sino en el fondo de su manera de vivir, de educar, de rendir tributo a la grandeza desde la simplicidad del deber individual ante lo colectivo: los gringos aman su forma de vida, sus usos, su “american way of life” más allá de la devoción por símbolos, colores y bandera, sin renunciar al fervor cívico con que les honran, pues comprenden que lo simbólico no es lo estructural sino la manera de homenajear cuanto es sustancial.

Lo triste de mi admiración es la indiferencia estadounidense hacia la parte latina de la geografía  americana. Cuesta mucho entender que EE.UU no haya previsto la inconveniencia de cómo el contraste entre su grandeza y la pobreza histórica del sur, produciría una invasión de individualidades en pos de ese bienestar logrado. Seguramente era mejor negocio empujar al centro y sur de américa hacia el primer mundo, en vez de haber tenido que acoger –a las malas- y albergar tantos millones de los más pobres, invadiendo y transformando su hábitat social.

Estados Unidos optó por mirar a Europa y Asia con ojos más fraternos durante décadas, mientras nosotros fuimos abandonados a nuestra suerte, con gran miopía por parte de esa nación que creció y obtuvo el liderazgo mundial a partir de una acertada concepción institucional, establecida y respetada sin dramáticos cambios históricos.

Pero Estados Unidos debió entender cuan vital era en el tutelaje de nuestra américa latina, perdida por décadas en aventuras oligárquicas, dictatoriales y guerrilleras, que nos postraron en el atraso mientras Norteamérica crecía, indolente con nosotros, que rondábamos mendicantes las bases de su pedestal ante la historia.

Estados Unidos vio claramente las razones objetivas de nuestro subdesarrollo, y despreció la posibilidad de impulsar nuestros precarios niveles de educación, mientras en cambio condujo a las naciones asiáticas por la senda de la educación y la tecnología.

Basta poner un ejemplo: mientras Colombia en 1950 era mucho más desarrollada que Corea, Estados Unidos usó tropas colombianas para combatir el avance comunista en Corea, y cuando terminó la guerra, en vez de catapultar a Colombia con un ambicioso plan de educación y auspiciar un auge industrial que nos pusiera en la puerta de la era tecnológica, en gratitud por nuestro apoyo militar, nos dejó tal como estábamos, e hizo lo propio… ¡pero con Corea!

60 años más tarde, nuestra economía da risa al lado de la coreana, y el desarrollo de ese país asiático, apadrinado por los norteamericanos, es incluso superior al de los Estados Unidos en la década de los 50, cuando decidieron ayudarlos a salir de la edad media.

Se pregunta uno: ¿Dónde estaría Colombia de haber recibido un empuje similar?

Y eso, fue solo un capricho político. Como pasó con Japón -para superar el complejo de haberlos bombardeado-  o con el resto de “Tigres Asiaticos”. Y digo capricho, porque América del Sur vive atada por un ombligo natural, geográfico e histórico, con los Estados Unidos y lo único tan impactante como su poderío, es la inconcebible miopía con que han manoseado despectivamente su relación con nosotros.

Educar el Sur de América era igual a triplicar a los Estados Unidos, sin necesidad de ponerle más estrellas a la bandera de  barras. Industrializarnos y aumentar el ingreso per capita y el empleo habría detenido la emigración del sur al norte que hoy ronda en 50 millones de personas.

Y pensaría que es tarde, nos han dejado padecer mucho… Pero están a tiempo de reparar el error. ¿Por qué no se puede pensar en una gran América, inyectada de tecnología y formación educativa vigorosa promovida como política prioritaria de USA? Un esfuerzo que incluya paralelismos culturales y exalte lo común.

Que Hollywood nos pague la deuda de no haber hecho una o varias superproducciones sobre la gesta libertadora de Miranda, Bolívar, Nariño y San Martín. ¿Imaginan a Tom Cruise como Bolívar? ¿Y los niños de Iowa y Massachussets aprendiendo a admirar a nuestros próceres? Así como aprendemos aquí, y admiramos a Washington, ¡tal cual!

Quizá así asimilaríamos mejor ese supositorio que ha sido empezar regirnos por el derecho anglosajón en lo penal, sin entender su espíritu o su articulación histórica. Para después colegir que el centralismo es un vicio, una deformación política, y que solo saldremos del atraso cuando abracemos el federalismo que mantiene la democracia horizontal casi perfecta de los Estados Unidos y todo el mundo civilizado. Tal vez veríamos cuan conveniente sea “ecuadorizar” nuestras economías asumiendo un patrón monetario único, una moneda de la América orgullosa e igualitaria que podríamos ser, con solo una o dos décadas de esfuerzo, sostenidos en nuestra gran capacidad y el poder indiscutible de ese “hermano mayor” todavía medio indolente…

Think about it. You are still on time to change us for our common good. Yes, we can!

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El uribismo es un movimiento caudillista. No tiene nada de malo. Un caudillo no es un tirano. Muchos caudillos se han vuelto tiranos, pero lo uno y lo otro no son sinónimo. Gaitán era un caudillo, Galán también, y Mandela -un caudillo africano- o De Gaulle -uno Francés- y tantos otros.

Un caudillo es un líder cuya importancia in pectore supera su marco partidista, cuyo calado y presencia popular desborda los parámetros de lo ideológico. En ese contexto, Uribe es un caudillo sin duda. Y un demócrata también.

Pero el uribismo es el movimiento de un caudillo cuyo liderazgo está atascado en el cepo constitucional de la no-reelección, por eso es tan importante que su caudal se encause hacia el Senado, encabezando una lista cerrada, para hacer oposición y volverse opción con el Senado, y no simplemente desde el Senado. Sin embargo, paralelamente, desde otro liderazgo en construcción, alguien del uribismo debe perfilarse como opción presidencial.

Si Noemí no se hubiera desesperado viendo la campaña pasada como su “última oportunidad”, ella habría sido la mejor carta. Sobre todo porque fue la única que le dijo a Uribe y a todos los hipnotizados lo que vendría con Juan Manuel Santos. Pero no tuvo serenidad y “quemó sus naves”. Otro heredero natural sería Andrés Felipe Arias, especialmente porque lo tendrán que absolver por falta de pruebas. Uno creería que después de ese carcelazo infame debería alzarse como un ave Fénix, pero el Procurador se apresuró a inhabilitarlo y tampoco puede.

Por eso Uribe echó a andar el tema de la “precandidatura uribista” y enseguida se postularon Carlos Holmes Trujillo, Óscar Iván Zuluaga, Juan Carlos Vélez y Francisco Santos, animados por sus propias “barras”.

Para sorpresa de muchos –me incluyo-, no fue la gran capacidad oratoria ni la sólida estructura de economista de Zuluaga, ni el completísimo perfil de estadista experimentado de Trujillo, ni la identidad paisa y la lealtad congresional de Vélez, sino la capacidad mediática y comunicacional de Santos la que ha venido encausando la corriente mayoritaria de opinión dentro del uribismo.

Súbitamente, con propuestas audaces, vallas efectistas, con un desparpajo carente de vergüenzas y una inteligencia emocional dotada para provocar, el primo-hermano-doble del Presidente se perfila como la más opcionada ficha del uribismo para enfrentársele.

Y voy a hacer las veces de Noemi: Francisco fue el naugty-boy de los Santos y dio muchos dolores de cabeza a su familia. Sin embargo, ese perfil caricaturesco siempre pareció inofensivo y se le permitió aventurar en todas las áreas, porque aunque era químicamente imprudente, su figura, su voz, y cierto sesgo de bufón inofensivo, le daban licencia para ser una especie de sincerote con gracia, respaldado por la familia más poderosa de las últimas 5 décadas en Colombia.

Y así fue, hasta que Uribe lo puso de Vicepresidente. Ahí todo cambió. Francisco se dedicó a colmar el espacio diplomático internacional mientras Uribe se consagró al frente interno. Su despacho era una cancillería paralela y el Ministerio de Relaciones exteriores funcionaba acompasado con la Vicepresidencia. Pero cuando nombraron Canciller a María Consuelo Araújo, asediada por Hojas de Vida y llamadas, pidió instrucciones a Uribe sobre si sería menester atender las instrucciones del Vice aún contra su criterio en términos de hacer lo correcto. La respuesta del Presidente fue clara “Usted es la Canciller y solo debe hacer lo que estime legal y prudente”.

Ahí fue Troya, Francisco que había sido huésped en la casa de María Consuelo Araújo y amigo de Álvaro -su hermano Senador- desató la más feroz campaña contra la Canciller de su mismo gobierno, hasta llegar a pedir una controvertida carta personal a un tercero, que entregó -en la mano- a un magistrado de la Corte Suprema durante vacaciones judiciales; documento con el cual la corte, enfrentada visceralmente a Uribe, aprovechó para iniciar un proceso sin pruebas distintas, que sirvió para encarcelar al padre y al hermano de la Canciller del presidente Uribe.

No le importó al Vicepresidente el costo político que esto le acarrearía al gobierno. Con el tiempo, aún contra la voluntad de Uribe, la Canciller renunció, y Santos monitoreó sin pausa los procesos penales que fomentó, así sirvieran a una corte suprema politizada que, con ese insumo, mantuvo el prestigio del gobierno en el asador de sus malquerencias.

Francisco Santos siguió intentando cabestrear la política internacional con los siguientes cancilleres. A su estilo, mientras ejercía un costoso y circense protagonismo paralelo, de hotel en hotel por Colombia y el mundo entero, desbocado en escandalosas fiestas a puerta cerrada con personajes femeninos y masculinos de todos los pelambres, siempre con Gustavo Salcedo, su enigmático íntimo-amigo barranquillero, cuya ostentación bien valdría la pena investigar.

Nada puedo probar de todo esto (aunque lo hubiera visto aspirando coca con mis propios ojos) solo puedo atestiguarlo, porque yo, al igual que mis hermanos traicionados, le conozco desde los 80 cuando llegó a casa en Valledupar sumado a la comparsa de admiradores que visitaba a nuestro amigo y huésped Gabriel García Márquez.

El oficial de policía que dirigió su esquema de seguridad sabe sobre sus francachelas bochornosas. Aunque, todo el que lo conoce comprende que éste irresponsable redomado no debe llegar a ser Presidente de Colombia porque nos hará concluir que Juan Manuel es una especie de Alberto Lleras, en comparación con lo que él sería.

Como supongo que querrá denunciarme por injuria y calumnia, propongo que ahorremos costos judiciales y, en televisión, nos pongamos ambos un polígrafo de modo que cada cual le haga cinco preguntas al otro. A ver quién miente. También sé que Salud, su muñeca de ventrílocuo, volverá a vomitarme. Y que si es Presidente, me tocará asilarme…

Pero no puedo callar sobre lo que conozco. El peor error de Uribe sería poner en manos de “pachito” el caudal electoral que Colombia ya entregó-por sus señas- a Juan Manuel.

Uno tiene derecho a equivocarse una vez con un Santos, pero no dos veces con dos Santos.

Estáis todos advertidos.

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El diseño de paz prometido por este gobierno ciertamente presenta fallas protuberantes en su concepción estructural. El símil que se me antoja es el de un exquisito diseñador de interiores, que plantea un espacio  interno colmado de lujos y comodidades, sin tener en cuenta el diseño arquitectónico dentro del cual se dio a la tarea de expresar su creatividad, y cuando el arquitecto concurre a acomodar su diseño a lo planteado, mientras están ya construyendo, ambos recuerdan que olvidaron buscar un ingeniero calculista que sacara cuentas sobre el espesor de las vigas y la dimensión de las columnas y zapatas que debían sostener la hermosura que se albergaría en la ya para entonces endeble estructura.

El proceso de paz empezó mal cuando anticiparon una ley marco para la paz tan laxa, que obligó a la guerrilla a pedir a partir del “patrón descaro”; cometieron, además, el error incomprensible de adelantar el proceso en territorio del enemigo, lo cual es increíble ya que la guerrilla es solo el 0,02% de la población colombiana, sin embargo el Estado aceptó ir a negociar en su territorio.  ¿O acaso quién desconoce que Cuba es a las Farc lo que Italia a las películas western? Aparentemente nada tienen que ver, pero en la práctica, aunque no sea la cuna, allí se incubaron todos sus alcances.

No entiende uno a qué genio se le ocurrió que Cuba o Suecia eran terreno neutral, naciones que de imparciales no tienen nada, pues más bien han sido refugio histórico para las Farc y sus adeptos  durante casi cinco décadas de desangre nacional.

Todavía más imbécil fue aceptar que el padrino del proceso fuera la Venezuela chavista. ¡Amigo el ratón del queso! El proceso empezó en tierra del enemigo y moderado por el papá del enemigo. Peor planteamiento estratégico imposible…

Como si no bastara tanta torpeza, el Fiscal General de Colombia, que debe ser el encargado de “enforzar” la posible alternatividad penal, o la parodia de lo que ello pudiera ser, se autodeslegitimó y los mandó al Congreso vía proclama política, como premio anticipado, sin siquiera respetar que la democracia requiere del favor popular; o que si se tratare de darles curules sin elecciones, cuando menos debería ser algo que ellos se sonrojaran al pedir, y no un bono previo y gratis, que ni soñaron los asesinos convertidos en próceres de la nueva Colombia del siglo XXI que nos están dibujando para que empecemos a colorear.

Pero si ese teatro de estupideces tácticas no fuera suficiente, al gobierno que pretende entregarle al 0,02% de la población (que es la guerrilla)  la dignidad del 99,98% restante, se le olvidó un pequeño detalle:

Y es que para poder feriar la ley penal, los tratados que complementan el bloque de constitucionalidad, y derrotar la voluntad mayoritaria de los colombianos que NO está de acuerdo con regalar el agro o la representación congresional a los secuestradores y bombarderos de las Farc… Para poder pasarse por la faja todo, cuando menos, ésta administración debería poder enarbolar unos resultados exitosos que hicieran honor al pomposo eslogan que distingue a Juan Manuel Santos hace 25 años: “buen gobierno”. Pero no…

Este ha resultado ser un mal gobierno que ha dejado caer los índices de seguridad rural y  urbana a niveles de 2003; al que se le derrumban las exportaciones en el 20%, y al que el 67% de los colombianos encuestados, sistemáticamente dicen que no reelegirían al Presidente de ninguna manera.

¡Entonces! ¿Cómo puede un gobierno que no recibió un mandato popular para negociar con una guerrilla casi vencida, al que se le caen los índices de desarrollo, que no saca adelante licitaciones ni obras, al que los partidos de coalición le hacen debates a sus exministros y funcionarios de Hacienda por escándalos de Carteles Bursátiles, y le salen mal tantas cuentas… Cómo puede un gobierno que va fracasando en todo, creer que tiene legitimidad para plantear con credibilidad un esquema de paz que entrega tanto y claudica en todo?

Si aparte de eso, lo que propone como salida es un perdón selectivo  para los que consideran que lo merecen todo y reconocen nada, pero que además no son capaces de tolerar que ese perdón sea una sanción colectiva que nos cueste y nos abarque a todos… Si aparte de lo malo que resultó ser éste gobierno, la propuesta más trascendental es un descaro… Creo, temo, que esto no va para ninguna parte.

Los colombianos somos generosos, somos casi buenos demócratas y bastante consecuentes, pero no imbéciles.  Y las Farc, el Cubo-madurismo, y el afán de Santos por pasar a la historia, están calculando mal  la capacidad de aguante de los ciudadanos, porque a la primera oportunidad, la gente va a reaccionar.

Constituyente, elección parlamentaria, plebiscito, referéndum, o lo que sea que venga, ese escenario será la arena donde quedarán vertidos los restos de una política fallida y unos propósitos fracasados que se estancaron en anuncios y no pudieron pasar del dicho al hecho por física falta de carácter en el talante gubernamental.

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