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Corrupción sin límites Destacado

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La corrupción en Colombia tiene una capacidad de mutación impresionante. Los casos de corrupción develados por la prensa son flor de un día, en un círculo vicioso e infinito, mediante el cual el escándalo de hoy hace olvidar el de ayer y el de mañana al de hoy.

Sin embargo, es posible y es necesario diferenciar entre los diferentes tipos de corrupción para no incurrir en equívocos. Así, debe diferenciarse entre los fenómenos de corrupción en el Sector Público, en donde los malos ejemplos abundan, tales como el sonado caso de Odebrecht, Reficar, una refinería que debía haber costado 4.000 millones de dólares y terminó costando el doble; como el infame robo de los recursos de la alimentación escolar que deja morir de hambre a los niños más vulnerables del país; o del continuo desangre a nuestro ineficiente Sistema de Salud a través de carteles que crean pacientes fantasmas o inexistentes como el cartel de la hemofilia, cartel del sida y el cartel del síndrome de Down, por solo mencionar los más sonados.

Paralela a esta corrupción en el Sector Público, también existe otro tipo de corrupción en el Sector Privado igual de dañina. El caso reciente del ‘cartel de los locos’ lo ilustra muy bien. Según explica la Fiscalía, este cartel consistía en un verdadera organización criminal de abogados y médicos que contactaba a trabajadores de empresas mineras con altos salarios como Prodeco, el Cerrejón y Drummond, con el fin de hacerlos beneficiarios de una pensión anticipada por medios fraudulentos como certificados de invalidez de enfermedades mentales inexistentes, estafando de esta manera a los fondos de pensiones privados a los cuales los trabajadores estaban afiliados.

Pero no contentos con dicha estafa –que es la parte de menor calado del asunto– los abogados asesoraban a los trabajadores para que, antes de obtener la pensión, obtuvieran cuantiosos créditos del sistema bancario hasta el tope de su capacidad de endeudamiento, créditos que recibían pero que no tenían la intención de pagar, porque luego de desembolsado el crédito, los trabajadores aportaban un certificado fraudulento de incapacidad mental que generaba la condonación del crédito, e implicaba que las compañías aseguradoras tenían que cubrir a los bancos la totalidad del monto del crédito más los intereses.

Precisamente fueron las aseguradoras quienes detectaron este sistema fraudulento para estafar tanto a los fondos de pensiones como al sistema bancario, al notar un aumento inusitado e inexplicable de solicitudes de pensiones por enfermedades mentales. Tan solo en Valledupar 400 personas se pensionaron por esta modalidad y cursan trámite 150 más. El monto de la estafa supera, de lejos, los 90.000 millones de pesos, solo en la capital cesarense.

Este caso deja una pregunta latente: ¿qué lleva a profesionales reconocidos del derecho y la medicina, que gozaban de una buena posición social en la región a exponer su libertad, su buen nombre y toda su trayectoria profesional por unos cuantos millones? La respuesta no puede ser otra que la avaricia del dinero.

El cartel de los locos ejemplifica, como ningún otro caso, cómo en nuestra sociedad se han invertido los valores sociales al punto que pareciera que el único lema que aquí es válido es tener dinero, al precio que sea, sin importar los medios para su obtención.

Cuando una sociedad premia ese tipo de conductas, es decir, el enriquecimiento ilícito, y no hay ningún tipo de reproche o sanción social se está enviando un pésimo mensaje a las nuevas generaciones que no verán problema alguno en incurrir en cualquier tipo de prácticas corruptas con el fin de acumular dinero.

Lo cierto es que la corrupción no distingue entre raza, credo, condición social u orientación política. Hay igual de corrupción en los gobiernos y líderes de derecha como en los de izquierda. Sólo basta mirar al vecindario, en donde vemos cómo la cúpula de la izquierda brasilera con Lula da Silva y Dilma Roussef a la cabeza, hoy enfrenta serios cuestionamientos por corrupción. Antes de ellos el derechista Collor de Mello en Brasil o el ultra derechista Fujimori en Perú.

Para no irnos tan lejos, no sorprende que las FARC con un sobrino de Iván Marquez de protagonista, Marlon Marín Marín esté involucrado en un carrusel de contratos de los fondos para financiar el posconflicto, lo que reitera lo dicho: que la corrupción no respeta corriente ideológica. Y que las FARC, que tanto criticaron al establecimiento colombiano por su corrupción, son igual de corruptas.

Los anteriores casos deben ser considerados como antiejemplos. Como el camino que no se debe seguir. Porque el camino de la corrupción suele ser corto y espinoso. Los que lo escogen como norma de vida más temprano que tarde terminan cayendo. Esa es la lección que nunca debemos olvidar.

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