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El magistrado incapaz

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Magistrado Gustavo Malo Magistrado Gustavo Malo

Dentro del diseño constitucional de un estado de derecho, la justicia es considerada, tal vez, la pieza más importante del engranaje, porque sirve de última barrera, de muro de contención a los abusos de los otros dos poderes constituidos: el ejecutivo y el legislativo. En toda sociedad civilizada la justicia está llamada a corregir los entuertos de esos dos poderes y, especialmente, a proteger a los ciudadanos en sus derechos y libertades más preciadas.

Por ello, la famosa frase bíblica de si la sal se corrompe refleja el estado de postración moral que produce en el ciudadano de a pie que la institución llamada a ser prenda de garantía de sus derechos y libertades, termine corrompida hasta la médula por funcionarios venales que trafican fallos y sentencias al mejor postor, cual mercado persa. Por eso, el llamado “Cartel de la Toga” no puede quedar reducido a ser un escándalo más, en un país acostumbrado a un sinnúmero de escándalos de corrupción que hacen perder la memoria. Odebrecth, Reficar, Foncolpuertos, Saludcoop, el proceso 8000, o Interbolsa –por mencionar unos cuantos– palidecen ante la gravedad de lo ocurrido con el Cartel de la Toga: los más altos magistrados de la Corte Suprema de Justicia, incluyendo a tres de sus presidentes (Ricaurte, Bustos y Tarquino) implicados en una organización criminal que extorsionaba a funcionarios investigados por dicho tribunal, exigiéndole millonarias sumas de dinero, a cambio de favorecerlos con sus decisiones.

¿Por qué Francisco Ricaurte es el único exmagistrado detenido? ¿Por qué no avanzan las investigaciones en contra de Leonidas Bustos y Camilo Tarquino, también implicados en los mismos hechos? ¿Qué figura poderosa los protege, que les permite correr con mejor suerte que a Ricaurte?

Son interrogantes que el ciudadano común formula y que, por lo pronto, no tienen respuestas. Como tampoco la tiene la pregunta de por que aún sigue fungiendo como magistrado de la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia, Gustavo Malo, a pesar de existir serios indicios en su contra y que contra su hija también cursa una investigación penal por presuntamente servir de instrumento a este entramado criminal que comercializaba la administración de justicia.

Desde que estalló el escándalo, Gustavo Malo ha pedido una licencia no remunerada de dos meses, y al finalizar ésta, ha presentado tres incapacidades médicas por los motivos más variados: estrés, hernia abdominal y un trastorno siquiátrico. Sin ruborizarse, pretende acudir por cuarta vez al mismo expediente de la incapacidad médica para mantenerse vinculado a la Corte, a pesar de que no asiste a la misma. En buen romance, ni raja ni presta el hacha. Pero lo más preocupante es que sus compañeros de la Corte parecen cohonestar con esta situación irregular del magistrado Malo, al no tomar medidas para desvincularlo de la corporación y permitir que siga siendo parte del alto tribunal pese a los fuertes cuestionamientos en su contra.

Nadie niega que el magistrado Malo, como cualquier ciudadano, tenga derecho a la presunción de inocencia y a un debido proceso. Sin embargo, su permanencia en la Corte es una mácula demasiado enorme para toda la entidad, imposible de esconder, que cuestiona por igual a justos y pecadores y causa el efecto de restar legitimidad y credibilidad a sus decisiones. Bien puede defenderse, Malo, por fuera de la Corte.

En este sentido, tienen razón las voces que han pedido que Malo dé un paso al costado y renuncie a su investidura. La más reciente de ellas, la del Procurador General Fernando Carrillo, quien calificó su permanencia como un “espectáculo bochornoso” que pone entredicho el funcionamiento de la justicia y atenta contra la dignidad del poder judicial.

Por su parte, Malo se hace el desentendido y sigue aferrado a la Corte como náufrago abrazado a su tabla de salvación. Corresponde, entonces, a los demás magistrados decidir si frente a este caso prima la llamada solidaridad de cuerpo entre colegas o la dignidad de la justicia. No cabe duda: Malo debe irse, por las buenas (renunciando) o por las malas (expulsado).

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