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Crispín Villazón de Armas, el hombre que soñó al Cesar

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Crispín Villazón de Armas. Con ese nombre altisonante habría parecido fácil acomodarse en la estirpe de sus apellidos. Pero el hijo de Ana María de Armas quedó huérfano a muy temprana edad, y quizá por eso escogió ser un rebelde que vivió para honrar la impronta que quiso dar a su existencia.

Crispín llegó como estudiante a la Universidad Nacional de Bogotá en los años 50, y rápidamente se destacó por su simpatía y aguda inteligencia expresada en un verbo grácil y cierto humor con socarrona picardía, que le hizo popular y diferente en aquel mundo académico, diminuto pero vibrante.

Pronto estableció vínculos, desde el movimiento estudiantil, con los jóvenes líderes liberales que dirigían el partido desde Bogotá. Varios de sus amigos se volverían presidentes, y muchos lo acompañarían la vida entera en su obra vital: el Cesar.

El punto de inflexión que encauzaría su destino acontece una mañana histórica, cuando, en medio de la indignación del estudiantado por la imposición de un rector militar en la Nacional, el joven vallenato salta a una improvisada tarima y suelta un discurso encendido y magistral que fue ordenando el pensamiento general al ritmo de su voz portentosa.

La electrizante retórica de Villazón dirigió la masa estudiantil a las calles, tornándose en el más álgido momento de la dictadura. El alzamiento desencadenó turbulentos sucesos cuyo epílogo quedó signado con las muertes de varios estudiantes, episodio fatal que propició el derrumbe de la dictadura de Rojas Pinilla dos días más tarde.

Alberto Lleras Camargo, impresionado con su deslumbrante oratoria y liderazgo, invitó al joven tribuno a conversar, y se llevó de él tan buena impresión que a la postre, ya en el poder, decidió designarlo en un alto cargo en la misión diplomática en Londres. Pero ya estaba enamorado, vallenato a fin de cuentas, escogió el amor y se quedó para casarse. Sin saberlo, empezaba otra historia de amor, la de su devoción por el sueño que hoy es el departamento del Cesar.

El abogado recién graduado, que ya era juez en Villanueva (Guajira), armó familia desposando a doña Clarita Aponte, y a su lado se lanzó a conquistar un espacio político propio en el Magdalena grande, donde ya todos los liderazgos tenían dueño y los vallenatos eran tenidos muy a menos.

El hogar de ambos dio vida a una prole que después sería orgullo de su generación. Nacieron cinco hijos: Iván –la gran voz del folclor vallenato–, Ana María, Francisco, María Paulina, y Clemencia Villazón, quien luego se casaría con Camilo, el hijo menor de don Guillermo Cano.

El principio de la vida del departamento del Cesar está atado a un puñado de almas, entre las que se destaca ese rebelde que fue el ‘Jefe Crespo’. Al lado de Aníbal Martínez Zuleta y José Antonio Murgas desarrollaron todas las gestiones ante el alto poder político, apadrinados por López Michelsen, para conseguir la secesión del Magdalena.

Un político particular

Crispín tenía cierto talante particular, que irradiaba una suerte de irreverencia mayestática ante la dirigencia gubernamental, mientras que, en fuerte contraste, desplegaba una humildad genuina ante las gentes más sencillas. Esa polivalencia, esa ductilidad, fue perfilando su jefatura política hasta fraguar un liderazgo que a lo largo de la vida le granjeó honores y produjo trascendentales realizaciones.

El estilo de Crispín trazó la actitud autonómica del Cesar hasta nuestros días, y estableció como parámetro regular un trato fluido y horizontal con Bogotá y la clase dirigente nacional.

Para materializar al Cesar, todo fue importante. Fue vital la amistad entrañable con Escalona, la relación con Carlos Lleras, sus amistades de la época universitaria, y el afecto tutelar con la Cacica, que le puso música al anhelo vallenato y lo volvió folclor. Todo fue crucial. Incluso esa rebeldía ante los obstáculos, que se manifestó entonces en la polémica contraposición de Crispín a Pedro Castro Monsalvo.

Sin arredrarse ante el exministro de López Pumarejo en su gigantez política, el joven abogado lo desafió. El tema era de fondo: para el gran jefe liberal, la viabilidad del departamento era imposible, y Villazón, en cambio, soñaba un departamento del Cesar desprendido del Magdalena, donde Pedro ya era un jefe.

Su capacidad para moverse en el mundo como un rey en su corte, y en la provincia como un provinciano más, fue vital. Ello materializó un patrón instintivo en su vida, y fijó un modelo a imitar para quienes tratamos de descifrar los motores interiores de ese ser desprovisto de complejos, que se movía prevalido de la seguridad que solo proporciona una mente radiante.

La política es el espacio donde los hombres sin tesoros materiales logran destacarse ante sus semejantes. Y en el terreno de sus méritos, Crispín fue litigante destacado, juez, concejal, alcalde, diputado, senador, embajador, ministro de Estado, dirigente cafetero, hombre de partido, y especialmente labriego del suelo de la vida pública en el que despuntaron figuras que emularon su trayectoria.

Edgardo Maya Villazón, en el estupendo y emocionado discurso que improvisara ante su féretro, lo dijo sin ambigüedades: “Yo no le debo algo a Crispín, porque simplemente a Crispín le debo todo”.

En el sepelio fue inevitable hundirse en las memorias: cuando el éxito en política trasladó el hogar Villazón Aponte a Bogotá en los 70, los amigos de sus hijos, que vivíamos allí, convertimos su residencia de la 127 en una embajada espontánea de Valledupar en la capital.

La casa de Clarita fue un espacio afectuoso de tributo al conocimiento, a un existir en permanente pleitesía a la honradez, al servicio desinteresado, un escenario de dialéctica natural donde había debate y se respiraba un ambiente de libre expresión en el que la autoridad surgía del amor y la familia. 

A las generaciones posteriores, Crispín buscó inculcar ese espíritu libertario suyo, forjado en el hábito eterno de la lectura que lo ancló en la más profunda identidad con el liberalismo clásico europeo.

A ritmo vallenato

Villazón profesó como credo la probidad y rindió tributo solo a la ilustración y la inteligencia, mientras pregonaba que la igualdad verdadera viaja en una nave que solo arriba a su destino con el combustible del conocimiento y el estudio.

El engrandecimiento del folclor que –sin injusticia alguna– se atribuye a Consuelo Araújo, Escalona y López esconde a veces el protagonismo paralelo de otros que también se han ido, como Andrés Becerra, Hernando Molina, Clemente Quintero, Aníbal Martínez Zuleta, y ahora, destacadamente, de Crispín Villazón de Armas.

Ellos les pusieron gracia a las tertulias en donde se alternaba el costumbrismo vernáculo con la literatura universal entre citas, poemas y alusiones a la historia.

Imposible olvidar que a su despliegue de acción política, Crispín sumó ininterrumpidamente una consagración a la bohemia vallenata, que fue un atractivo adicional para ese país intelectual que empezó a moverse hacia Valledupar, del mismo modo que el mundo de la literatura se mudó a la bohemia parisina en la postguerra.

El contraste entre el embrujo autóctono de la música de la provincia, aderezado por ese puñado de intelectuales que hablaban de filosofía y política como eruditos, enamoró a Colombia de Valledupar al ritmo de paseos, merengues y pullas, y los encantados visitantes pusieron de moda esta comarca donde un juglar como Alejo campeaba, hombro a hombro, con un intelectual aquilatado como el senador Villazón de Armas… ¡Y nació el Cesar!

Crispín vivió sus últimos años como amo y señor de La Carolina, su finca cafetera, el sencillo imperio verde de cafetales que fueron su guarida y su morada. Una propiedad bien trepada en la falda alta de la Sierra Nevada, del lado cesarense, en Pueblo Bello, municipio que también fundó. Allí escogió dormir y despertar sus últimos años.

Lo visité en ese paraíso de alegría que construyó con sus hijos. Lo vi realizado. Lejos ya de sus cuitas bohemias y desasido sin nostalgia del Old Parr. Descifré cuán orgulloso se sentía de su periplo vital, muy consciente del alto punto que dejó a las generaciones posteriores y embargado en una forma de humildad que solo surge de la certeza de haber vivido bien, de haber sido ejemplar, correcto, bueno, y de haber sembrado, y sembrado, y sembrado…

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