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La fiesta

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“Abrazar el momento de paz” proponía en la W el padre Lapsley, un sudafricano por adopción, blanco, quien por luchar contra el apartheid fue deformado físicamente por una bomba, un episodio de los muchos ocurridos durante el largo periodo de confrontación violenta que sumió a esa gran nación en el oscurantismo político, tantas décadas.

Michael Lapsley proponía “hablar para encontrar espacios de perdón”, y decía que la sociedad debía reconciliarse y encontrar un punto de encuentro alrededor de la nación que todos soñamos a futuro.

Oyéndolo, entendí la razón por la cual “nuestra paz” no se asienta; un fenómeno que se muestra dramáticamente en las encuestas que muestran como la mayoría quiere la paz, y -aparentemente- de manera contradictoria, esa misma abrumadora mayoría no quiere impunidad, no acepta darles representación política, y no cree en la voluntad de reconciliación de la guerrilla.

Sus palabras, ejemplarizantes, develan como nuestro “sueño de paz” padece de una incorrecta formulación pues se procura entender el fenómeno con parámetros convencionales, haciendo paralelismos imposibles con Sudáfrica, Irlanda, y otras naciones; por eso los apóstoles de paz que vienen a darnos valiosos testimonios, como Lapsley, Desmond Tutu, y tantos otros, cuyas visitas agradecemos, traen un mensaje que genera admiración, pero no identidad en esa población que opina en las encuestas.

La razón está en que Sudáfrica e Irlanda, por ejemplo, sufrieron penosos años de confrontación por una división verdadera, y significativa en términos porcentuales, entre grandes segmentos poblacionales definidos; en el primer caso por intolerancia racial, y en el segundo por hondas confrontaciones religiosas. Así las cosas, las palabras tolerancia y aceptación, podían desembocar en perdón, verdad, reconciliación y convivencia.

En Colombia no es así, aquí somos el mismo tutti frutti racial, somos mayoritariamente cristianos, y las consignas raciales y religiosas en todo caso no generan las pasiones que producen violencia. Como si fuera poco, nuestro marco legal fomenta la tolerancia, y protege casi excesivamente las minorías.

Nuestro problema es diferente, aquí, la guerrilla pasó de reivindicar –hace 50 años- una pequeña franja campesina sin ideología distinta a su necesidad de subsistencia viable, e hizo una  metamorfosis hasta someterla e incluirla en un esquema de guerra de guerrillas sin esperanza de triunfo.

Esa deformación ha producido por años, una situación local de fuerza, apenas suficiente para narcotraficar, secuestrar y extorsionar con ánimo de lucro, que ha facilitado atentar sistemáticamente contra la infraestructura del país, de modo que 20 jefes, y 120 subjefes consigan esquemas locales de dominación violenta que han causado inmenso daño humano y amedrentamiento a empresas y personas, en un accionar que distorsionó negativamente nuestro crecimiento, y produjo fenómenos de respuesta que también alteraron para mal el discurrir histórico.

Pero, sin duda, aquí no hay una división poblacional violenta. No hay una confrontación racial, religiosa, y ni siquiera ideológica, y apenas quizá un descontento oscilante entre segmentos socioeconómicos que en efecto viven en condiciones que requieren atención urgente y patrocinio estatal para su desarrollo.

El problema de la paz es que si se trata como un esquema de guerra civil, se le está dando una jerarquía a los armados que no tienen ante la sociedad. Y quizá lo primero, antes de entregar sillas en el congreso y esquemas de justicia transicional, sería permitirles contarse en una elección para que se les trate políticamente como la inmensa minoría que son, y se les de una oportunidad de reinserción, generosa sí, pero adecuada para su condición de grupo armado sin apoyo porcentual significativo entre la población.

Si nos aventuramos a los números, quizá entenderíamos que la guerrilla no es ni representa el 1% de la población. Así las cosas, ¿tiene sentido sentarse a “refundar la patria” con quienes no representan mas que eso, y quizá mucho de ello solo a la fuerza?

La respuesta es no.

Comprender esta diferencia con los conflictos de otras naciones, nos devuelve a entender que Uribe tiene y tuvo razón, y el tratamiento a la guerrilla no puede ser distinto a tratarlo políticamente como un problema policivo, así su capacidad de fuego y daño nos obligue a un desenvolvimiento de área típicamente militar.

No hacerlo así sería lo mismo que una fiesta de matrimonio con 100 invitados en los que uno de ellos, muy borracho, le agarre las nalgas a la novia, tire al piso la mesa del Buffet, le pegue una trompada al novio, y cuando la fiesta se hace un caos, los 99 invitados y los agredidos, en vez de sacarlo inmediatamente del recinto, le inviten a otro trago, le pidan comportarse, le entreguen la novia para bailar, y decidan hacer como si nada hubiera pasado…

Revisen los porcentajes, y piensen que es “su” fiesta. Es exactamente así de intolerable.

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