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Defendiendo a Santos

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Con ocasión de los tres años de la administración Santos Calderón muchos columnistas se han lanzado a defender la obra del Presidente. Escribir de último permite repasar argumentos de los defensores. Así que voy a omitir lo que me parece malo, para solo analizar lo que algunos consideran bueno. Veamos…

Hay quienes empiezan la defensa del gobierno Santos señalando el restablecimiento diplomático con el vecindario.

Si bien el esfuerzo con Ecuador era necesario, después del alto costo de la acción militar contra ‘Raúl Reyes’ y secuaces, instalados donde el vecino sin permiso, pero delinquiendo aquí y escondiéndose allá, hay que reconocer que el empeño en “arreglar” con Ecuador era un deber colombiano.

Sin embargo, no pasa lo mismo con Venezuela.

Tres años después de la cómica redefinición del “nuevo mejor amigo”, Venezuela no ha devuelto lo expropiado a Éxito, ni ha pagado las deudas a los comerciantes colombianos; sigue privilegiando a Brasil y Argentina como fuente de abastecimiento alimentario, aunque lo colombiano les saldría más barato, y nos regaña como si fuera “el patrón”, recordemos la reacción tras la visita de Capriles.

El restablecimiento diplomático con Venezuela parece más un arrodillamiento al fallido régimen bolivariano a cambio de nada.

El primer síntoma negativo fue la deportación del narcotraficante Walid Makled. Aunque ya Estados Unidos había solicitado su extradición, Santos decidió dejar a los gringos con los “crespos hechos” y entregó a Makled a sus ex-socios bolivarianos.

Ese día, todo empezó a pintar color de hormiga. Porque Santos sabía que, en Washington, Makled sería vital para descifrar las relaciones del Chavismo y las Farc con el narcotráfico. Y que para Chávez, dejarlo llegar a Estados Unidos equivalía a entregar la caja de Pandora del régimen.

Después que Uribe y Santos denunciaran a voz en cuello los vínculos de cierto sector de la oficialidad bolivariana con FARC y narcotráfico, “entregar” a Makled en las fauces del lobo, fue la primera gran claudicación ante Venezuela.

Desde entonces, toda la partida diplomática se ha jugado en beneficio bolivariano, y no se entiende cómo tanto, puede ser a cambio de propiciar que las FARC disminuidas como estaban, se sentaran a dialogar en La Habana. Tanto menos sabiendo que el gobierno venezolano, lejos de ser imparcial, ha sido anfitrión feliz y soporte geoestratégico de ése y otros grupos terroristas.

Así que “cuadrarnos” con Venezuela no ha tenido mucha gracia, porque nada se ha arreglado, pero sí asumimos un inmenso costo en fisuras de seguridad nacional y menoscabo de dignidad institucional.

Relacionar el fiasco que fue la Cumbre de las Américas como un éxito, es no recordar lo acontecido: Después de gastar 35 millones de dólares, Correa no vino; Chávez tampoco; la Kirchner salió furiosa como un relámpago; Dilma no se reunió con nuestro Presidente, y nadie firmó la declaración final porque no hubo. La reunión quedó sin conclusiones ni norte; al punto que quizá ese foro haya recibido en manos de Santos su estocada final.

Tampoco es razonable incluir como acierto del gobierno el brusco viraje en la doctrina de seguridad nacional: De un esquema de control policivo-militar-judicial que sometía ante el Estado todo elemento armado por fuera de la institucionalidad, para aclimatar el diálogo con las FARC, que ya tenía en mente, este gobierno decidió dar a la guerrilla “estatus de beligerancia” y con ello les graduó como insurgencia política cuando estábamos ya convencidos, por sus actos, que lo suyo era simple terrorismo criminal.

Ahí comenzó el “proceso de paz” que muchos consideran la justificación principal para defender un gobierno que padece gran impopularidad entre los gobernados, y no consigue que sus “locomotoras” (versión santista de las “misiones”) arranquen de verdad.

Pero “la paz” no se ve, y en cambio el gobierno se ha dedicado a mover los hilos de los medios para producir -vía propaganda- una sensación de esperanza, que la mayoría no consigue deglutir, y está costando miles de millones de pesos, en un agresivo despliegue de pauta oficial que desfigura la libertad de prensa y derrumba las barreras de la ética periodística, corrompiéndola “legalmente”.

Mientras gobierno y medios hablan de paz, la guerrilla asesina soldados inermes a traición, secuestra, trafica y fortalece su aparato armado desde el vecindario alcahueta, que hace de celestino fingiendo imparcialidad para disimular una década de complicidad con terrorismo y narcotráfico.

Así que, por ahí, tampoco hay mucha defensa.

La restitución de tierras sí era un esfuerzo valioso. Lástima que el gobierno haya decidido perder tres años en dos frentes. Porque dejó al país sin Ministro de Agricultura, pero Juan Camilo Restrepo tampoco restituyó un comino. Entretanto el gobierno se limitó a hacer activismo antiuribista fabricando tramas imaginarias, e inventando un ejercito armado antirestitución que no existe.

La consigna de la restitución fue justa, pero tardía, porque desconoce que la raíz del problema social colombiano YA NO está en la tierra rural, sino en el desequilibrio de oportunidades en educación, crédito e ingresos en las urbes donde reside el grueso de la población. De paso ignora que la ausencia del Estado en el área rural, es crítica en salubridad, educación, atención medica, comunicaciones, vías, y esparcimiento, factores que son generadores de desplazamiento, al tiempo que estimulan la venta y abandono de tierras, y facilitan la desaparición de minifundios que no tienen ya como ser sostenibles en la economía de los TLC.

Los otros temas para intentar defender al gobierno son un mérito de cosecha, pero no de siembra. Porque la inflación de un dígito, la tasa de crecimiento favorable en el concierto continental, los altos márgenes de inversión extranjera, y la confianza de los inversionistas, son realidades macroeconómicas que deben mucho al esquema constitucional del 91 que diseñó la Junta del Banco de la República, y al esfuerzo sostenido del gobierno Uribe que estableció la Seguridad Democrática, la Confianza Inversionista, y la Cohesión Social, como los tres pilares del trípode sobre el que se afianzaría la Colombia de la restauración institucional que surgió en los ocho años del gobierno cuyos resultados eligieron a Santos, aunque él ahora pretenda desdibujar esa historia.

No hay mucho que defender. Ojalá solo tiempo perdido que lamentar…

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