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Al Centro Democrático

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Se equivocaron al usar el adjetivo “puro” para denominar el movimiento Uribista. Buscaban un sinónimo de “preciso”. Pero no se les ocurrió la palabra “Justo” que hubiera tenido lectura precisa, y que en caso de tergiversación habría sido entendida como la calidad de quien bien ejerce justicia.

Pero no. Se “pelaron” con una de las pocas palabras que simboliza exclusión y recuerda el fascismo nacionalsocialista.

Debió intervenir el propio Uribe para simplificar el nombre y quedó solo como Centro Democrático, que no suena como un partido o una noción ideológica, sino como un lugar, como “Centro Comercial”, o “Centro Cristiano”, pero que en últimas… ¡Aguanta!

Sin embargo, lo “flojo” no es el nombre, sino la dinámica general de las decisiones políticas del Centro Democrático, que es un huevito de Partido, aunque los que lo integran -salvo Uribe- jamás han sido elegidos; quizá por eso dan palos de ciego y cada cual vuela hacía el líder con una idea propia de cómo hacer las cosas, sin que aún se ponga en practica algo que pueda significar éxito electoral.

La primero distorsión es la fijación de prioridades. En mi opinión, lo primordial debería ser trazar la meta de elegir 35 Senadores. Si, 35 a ver si se eligen 20. En vez de estar desgastando a Uribe y dividiéndose con unas precandidaturas presidenciales en las que la base poco cree.

Para que la gente crea, Uribe tiene que poner su cuero en el asador, y decir “sí soy candidato al Senado y vamos a elegir una mayoría parlamentaria para devolverle la dignidad al estado desde el legislativo”. Cuando eso pase, la gente volverá a creer en la presencia política de Uribe. Su capacidad mediática y simbólica no está en discusión.

Quien albergue dudas sobre por qué es importante que el Uribismo ejerza una posición institucional desde el Congreso, solo tiene que preguntarse si –por ejemplo- la Reforma a la justicia, la ley de victimas, la ley Marco para la Paz, la ley que Restitución de Tierras, o la reforma al sistema de regalías que volvió a centralizar en Bogotá la plata, ¿habrían sido iguales en su articulado o habrían podido pasar por el tamiz de una bancada deliberante que entrenó 8 años ejerciendo el gobierno? La respuesta es “No”. Todo lo que ha aprobado el Congreso, que tanto irrita a Uribe y al Uribismo, sería muy diferente, o no sería.

Por eso es que hay que pasar de Twitter y medios al Parlamento. Porque hacer control político desde el Senado obligaría a un gobierno de corte liberal-socialista como el de Santos, a consensuar sobre lo fundamental para gobierno y oposición.

Seguramente todo sería de mejor factura y habría un equilibrio en la interpretación general de lo que hace el estado para los gobernados.

Para el Uribismo, marcaría un punto de inflexión el elegir una bancada que, por su independencia y por la naturaleza de su elección (al auspicio del prestigio de un gran líder) pueda parase en raya, con patriotismo, sin animo saboteador, constructivamente y con firmeza en cuanto a la independencia del legislativo, para producir el equilibrio vital, el “Checks and balances” del que hablara Alexander Hamilton pensando en Montesquieu.

Lo urgente es balancear el sistema presidencialista colombiano caracterizado por una concentración progresiva de poder real en el ejecutivo, que ha convertido a los sucesivos congresos en comités de aplausos de los presidentes de turno.

Eso, cambiaría radicalmente, con una bancada elegida en nombre de un movimiento en el que los votos no sean de cada legislador sino del conglomerado político, o partido -cuando lo sea- porque, aunque el primer paso ocurra en un esquema claramente caudillista en el modo de elección, a la hora del funcionamiento esa bancada se parecerá mas a un partido europeo o norteamericano, que al filibusterismo político que sale de los partidos colombianos con el tal “voto preferente”.

Luego, tras haberse establecido tal enclave en el estado, ahí sí se puede pensar que una figura destacada de ese grupo se constituya en continuador del pensamiento administrativo y político de Uribe.

Salir a improvisar candidaturas, bajo una divisa sin madurez ideológica, cuando claramente la mayoría se aglutina alrededor de ambiciones individuales, no es sano, e inevitablemente producirá una frustración similar a la causada por el extraño gobierno de Juan Manuel Santos.

Los precandidatos Uribistas en vez de competir en pos de una candidatura sin base electoral comprobable, deberían formar parte de ese Senado aquilatado que se elija con Uribe a la cabeza: Zuluaga, Trujillo, Jose Obdulio, Ramos, Pachito incluso, y hasta Lafaurie (si suelta la teta de Fedegan) así como algunos exministros y funcionarios del gobierno pasado, deberían alinearse con Uribe para entrar pisando fuerte en el Senado de la República.

¿Por qué no? Si Uribe puede, ¿por qué tiene que ser acompañado de mozalbetes y repentistas? Debe usar a quienes pondere como el mejor recurso humano de su sector político, pues no es tiempo de aprender, sino de ejercer lo aprendido.

Ello produciría una sensación desbordada de confianza en la ciudadanía y causaría una votación tan copiosa que podría superar la meta que planteo.

Pero más que todo, movería el eje de las decisiones nacionales a donde nunca debió permitirse que saliera: El Congreso. Y resurgiría como epicentro de la democracia, produciendo reformas y leyes del tamaño intelectual y calibre de sus protagonistas.

Para eso, Uribe tendría que dar un viraje, agarrar el toro por los cuernos y fijar las prioridades según la conveniencia del proyecto, con el sentido común de un estratega. Así detendría la guerra de egos y el exceso de pequeñas iniciativas distractoras al interior de su sector político, que no están produciendo confianza ni resultados.

Librar batalla en dos frentes es anti-estratégico: Primero el Senado. Luego el gobierno con el liderazgo que surja de un brillante ejercicio parlamentario que nos devuelva la fe en el diseño tricéfalo del republicanismo democrático colombiano.

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De otro tema: La descalificación más sensible para Juan Manuel Santos -hasta hoy- salió de la pluma sin anestesia de Poncho Renteria, quien lo “raja” en su columna de El Tiempo. Cercanísimo a los Santos, la baja nota prueba que Rentería es un amigo verdadero cuya honestidad haría bien en valorar el Presidente.

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