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Los pactos con tramposos se llaman estafas

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¿Cuál es el límite de La Habana? ¿Cuál el de las concesiones? ¿Hasta dónde pueden ir las Farc? ¿Hay algún hecho que daría lugar a la terminación de la negociación? La impredecible voluntad de nuestro presidente nos impide conocer las respuestas, menos aún estar seguros de que existen.

No es la violencia, ni la sangre que se sigue derramando de los colombianos. No las mentiras sobre los secuestros, ni aun los nuevos secuestros. No la prevalencia de sus métodos terroristas, ni la destrucción de pueblos. No son las burdas amenazas, ni los descomedidos pronunciamientos contra la institucionalidad colombiana. No las pretensiones de reformarlo todo e imponernos un modelo sin respetar los ya generosos acuerdos iniciales. Ni siquiera el cinismo sobre su negativa a entregar las armas.

Cualquiera que haya reflexionado sobre el tema sabe que no se negocia la paz; tratamos de comprar el nombre Farc, para reducir la violencia y poder actuar —según dicen— con mayor contundencia contra lo que se llamará delincuencia común. No es creíble que sin haber solucionado el problema del narcotráfico, la fuerza estatal sea capaz de contener el creciente fenómeno de bacrim y delincuencia común; y sin embargo.

Las Farc dicen y repiten que no van a entregar las armas. El tema no es menor; se refiere a la posibilidad de que retomen la violencia, por ejemplo, si consideran incumplido el acuerdo con el Gobierno. Seguramente será así. Colombia no amanecerá sin pobreza, con salud y educación de calidad por firmar un papel. Las Farc dirán entonces que el Gobierno incumplió, que las condiciones objetivas subsisten, que la desigualdad, las hegemonías, el imperio...

Dicen algunos que otorgarles representación política no conlleva ningún riesgo, porque los colombianos no votarán por ellos. Pero se han preguntado, ¿qué pasará si las Farc son derrotadas en las urnas? ¿Creen que se sentarán a hacer oposición desde los periódicos?

Más aún, suponen que una vez se firme, el miedo que ha consolidado las Farc durante más de 50 años de crimen va a desaparecer. Lo cierto es que serán elegidos porque, ¿quién será capaz de enfrentar el candidato de las Farc en zonas de su tradicional dominio? ¿Quién podrá votar en contra? No debemos ser ingenuos, si el Estado buscando contener a las Farc no ha podido hacerlo, ¿por qué será más efectivo ahora que no lo intentará?

Hemos llegado al extremo en que parece que no hay límites a la negociación; parece evidente que este gobierno considera que no hay alternativa. Si la “paz” sólo se consigue con la negociación, ¿qué pasará si las Farc incumplen lo pactado? ¿Cómo vamos a contenerlas? ¿Cuál es nuestra amenaza? Parecería contradictorio decir que está mal una guerra como la de ahora, para luego decir que valdría la pena otra para hacer cumplir los acuerdos. Si —como dice el Gobierno— no podemos ganar la guerra ahora, tampoco podremos hacerlo en el caso del incumplimiento.

Nuestro presidente será un gran poquerista, habrá derrotado a grandes jugadores y por eso estará convencido de que puede ganar este juego. Sin embargo, no debe confiarse. No juega sólo una partida difícil, sino que juega contra tramposos. Las Farc son criminales, para quienes la mentira es poco significativa. La trampa es su regla; y los juegos con tramposos son imposibles de ganar; y los pactos con tramposos se llaman estafas.

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