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¿Descarrilado por Capriles?

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Fallecido Chávez, el proceso de paz, apadrinado por el régimen Maduro, quedó en manos de las angustias de su gobierno tambaleante e incapaz de establecerse ante la sociedad. Seguramente por ello exige una militancia rabiosa de sus aliados internacionales.

Cuando Santos optó por entregarle al régimen chavista el tutelaje del proceso de diálogo para llegar a la reinserción del grupo paramilitar insurgente que es las Farc, perdió de vista que iba a hablar con el mayor enemigo del régimen constitucional y del gobierno. Solo así es comprensible que haya aceptado poner en suelo cubano la negociación, pues –con ello– aceptó a la mamá del enemigo como anfitriona y quedó expuesto a que la neutralidad dependiera de la estabilidad política del papá del enemigo, que era Chávez y su bolivarianismo caricaturizado.

Cualquiera sabe que sin Venezuela como anfitriona descarada, las Farc no habrían sobrevivido a la arremetida de las Fuerzas Armadas institucionales colombianas, pues la política de Seguridad Democrática casi extinguió su capacidad militar y les obligó a replegarse al abrigo del Coronel. No precisamente “al escondido”, sino por orden expresa de Hugo Chávez, quien puso al estamento armado oficial bolivariano a proteger a las Farc y les brindó las comodidades de una vida burguesa en las agradables y cómodas ciudades venezolanas.

Venezuela ha sido, desde el gobierno de Uribe hasta hoy, la sede civil de las Farc y todo el estamento oficial chavista les protege y apoya, como bien sabe el presidente Santos, quien tuvo y tiene acceso a la información de inteligencia colombiana y norteamericana, que no deja dudas. Por eso lo denunció a voz en cuello cuando era Ministro de Defensa de Uribe. Aunque hoy muchos olviden que la impertinencia oral de Santos causó la mayoría de los roces diplomáticos entre los dos países.

Por eso, era inevitable el papel de “facilitador” del régimen venezolano en el proceso de diálogo con las Farc, el gran error fue aceptar a Cuba como sede de los diálogos, porque con ello Colombia entregó al eje ideológico Castro-Chavista la posibilidad de éxito, pues mientras oxigenó internacionalmente al decadente régimen cubano, se hipotecó a los caprichos del tambaleante gobierno de Maduro, incapaz de abastecer a los ciudadanos de productos básicos como harina y papel higiénico, mientras navega en la riqueza del petróleo, pero precisa proyectar legitimidad a sus ciudadanos apoyándose en el reconocimiento internacional, obtenido mediante el chantaje a los gobiernos que dependen de Venezuela.

Colombia era excepcionalmente independiente. Santos la volvió dependiente con sus equivocadas opciones frente al diálogo con las Farc.

La visita de Capriles a Santos, y la reacción irrespetuosa y altanera de los sátrapas que se repartieron el poder bolivariano tras la muerte de Chávez, pone al Presidente de Colombia frente el espejo para que vea la dimensión de sus errores.

¿Qué hacer ahora? ¿Salir a hablar mal de Capriles? ¿Exaltar a Maduro y a Cabello en lisonja descarada para apaciguarles? ¿Regalarles toneladas de papel higiénico y harina de maíz para que perdonen a Colombia por el agravio de ser soberana e independiente un instante? Difícil aconsejar al gobierno…

Quizá sea el momento para que el gobierno recupere la iniciativa y estremezca el proceso desvinculando al bicéfalo régimen Cabello-Maduro de su protagonismo frente a las Farc. Una formula sería mover los diálogos -por ejemplo- a Republica Dominicana -que si es neutral- o al Perú, que tiene todo para serlo. De ese modo se “colombianizaría” el dialogo y el péndulo de las decisiones se movería al vaivén de la racionalidad de las propuestas de las partes.

Si yo fuera Santos, aprovecharía el altivo irrespeto de los chavistas para darle una sacudida a un proceso en el que hoy, las Farc tienen la iniciativa apoyada en que hablan en tierra propia y las respalda la protección militar y económica venezolana.

Si Santos fuera capaz, ganaría mucho respaldo interno cuando la gente reconociera un gesto de autonomía y fortaleza, de cara al grosero chantaje desplegado por Cabello y Maduro; de paso conseguiría volver a “encarrilar” la iniciativa frente a unas Farc que hoy llevan las riendas de los diálogos, mientras el gobierno por necesidades electorales y debilidad política geoestratégica, acepta vaguedades como el acuerdo de tierras, y disfraza cuanto cede en todo.

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