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The United States of America

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No me causa tribulación confesar que soy pro-norteamericano, es más, me siento orgulloso de serlo. Pero no porque me encanten los bares y restaurantes de Chicago, New York o New Orleans, o goce yendo de compras a los outlets, ni porque admire el orden perfecto de sus autopistas interestatales, o porque me guste ver rubias, negras y asiáticas bellas revoloteando en Manhattan o Los Angeles. Todo eso me gusta ¡Claro! Pero mi fruición surge de algo más allá de la estética variopinta y mágica que despliega la amalgama social  fundida en el sueño americano.

Tampoco lo soy en sentido invasivo. Es decir, no soporto imaginar a Theodore Roosevelt cuando pregonaba poder intervenir al sur del Rio Grande como le viniera en gana, ni el sesgo “imperial” que  escondía la “Doctrina Monroe” deformada, desde la concepción integralista de John Quincy Adams, hasta la caricatura abusiva en que la transformó el “Corolario Roosevelt” -del mismo Teddy- practicado por tantos Presidentes.

No. Mi admiración por los Estados Unidos tiene que ver con el talante institucionalista del sistema norteamericano tal como opera y palpita tanto fronteras hacia adentro, como en la psique colectiva que –mayoritariamente- practica un desprecio cierto por la mentira y un gusto natural por la austeridad, mientras se rinde tributo al valor del orden, y la gente vive orgullosa –en general- de lo bien realizado. Lo admirable de los Estados Unidos es lejano a su presencia internacional, un poco antipática, con soldados y aviones desplegados por el mundo, y empresas que depredan el medio ambiente en una rabiosa escalada por el lucro.

En cambio su Sentido Patriótico es envidiable, pues no reside en las formas sino en el fondo de su manera de vivir, de educar, de rendir tributo a la grandeza desde la simplicidad del deber individual ante lo colectivo: los gringos aman su forma de vida, sus usos, su “american way of life” más allá de la devoción por símbolos, colores y bandera, sin renunciar al fervor cívico con que les honran, pues comprenden que lo simbólico no es lo estructural sino la manera de homenajear cuanto es sustancial.

Lo triste de mi admiración es la indiferencia estadounidense hacia la parte latina de la geografía  americana. Cuesta mucho entender que EE.UU no haya previsto la inconveniencia de cómo el contraste entre su grandeza y la pobreza histórica del sur, produciría una invasión de individualidades en pos de ese bienestar logrado. Seguramente era mejor negocio empujar al centro y sur de américa hacia el primer mundo, en vez de haber tenido que acoger –a las malas- y albergar tantos millones de los más pobres, invadiendo y transformando su hábitat social.

Estados Unidos optó por mirar a Europa y Asia con ojos más fraternos durante décadas, mientras nosotros fuimos abandonados a nuestra suerte, con gran miopía por parte de esa nación que creció y obtuvo el liderazgo mundial a partir de una acertada concepción institucional, establecida y respetada sin dramáticos cambios históricos.

Pero Estados Unidos debió entender cuan vital era en el tutelaje de nuestra américa latina, perdida por décadas en aventuras oligárquicas, dictatoriales y guerrilleras, que nos postraron en el atraso mientras Norteamérica crecía, indolente con nosotros, que rondábamos mendicantes las bases de su pedestal ante la historia.

Estados Unidos vio claramente las razones objetivas de nuestro subdesarrollo, y despreció la posibilidad de impulsar nuestros precarios niveles de educación, mientras en cambio condujo a las naciones asiáticas por la senda de la educación y la tecnología.

Basta poner un ejemplo: mientras Colombia en 1950 era mucho más desarrollada que Corea, Estados Unidos usó tropas colombianas para combatir el avance comunista en Corea, y cuando terminó la guerra, en vez de catapultar a Colombia con un ambicioso plan de educación y auspiciar un auge industrial que nos pusiera en la puerta de la era tecnológica, en gratitud por nuestro apoyo militar, nos dejó tal como estábamos, e hizo lo propio… ¡pero con Corea!

60 años más tarde, nuestra economía da risa al lado de la coreana, y el desarrollo de ese país asiático, apadrinado por los norteamericanos, es incluso superior al de los Estados Unidos en la década de los 50, cuando decidieron ayudarlos a salir de la edad media.

Se pregunta uno: ¿Dónde estaría Colombia de haber recibido un empuje similar?

Y eso, fue solo un capricho político. Como pasó con Japón -para superar el complejo de haberlos bombardeado-  o con el resto de “Tigres Asiaticos”. Y digo capricho, porque América del Sur vive atada por un ombligo natural, geográfico e histórico, con los Estados Unidos y lo único tan impactante como su poderío, es la inconcebible miopía con que han manoseado despectivamente su relación con nosotros.

Educar el Sur de América era igual a triplicar a los Estados Unidos, sin necesidad de ponerle más estrellas a la bandera de  barras. Industrializarnos y aumentar el ingreso per capita y el empleo habría detenido la emigración del sur al norte que hoy ronda en 50 millones de personas.

Y pensaría que es tarde, nos han dejado padecer mucho… Pero están a tiempo de reparar el error. ¿Por qué no se puede pensar en una gran América, inyectada de tecnología y formación educativa vigorosa promovida como política prioritaria de USA? Un esfuerzo que incluya paralelismos culturales y exalte lo común.

Que Hollywood nos pague la deuda de no haber hecho una o varias superproducciones sobre la gesta libertadora de Miranda, Bolívar, Nariño y San Martín. ¿Imaginan a Tom Cruise como Bolívar? ¿Y los niños de Iowa y Massachussets aprendiendo a admirar a nuestros próceres? Así como aprendemos aquí, y admiramos a Washington, ¡tal cual!

Quizá así asimilaríamos mejor ese supositorio que ha sido empezar regirnos por el derecho anglosajón en lo penal, sin entender su espíritu o su articulación histórica. Para después colegir que el centralismo es un vicio, una deformación política, y que solo saldremos del atraso cuando abracemos el federalismo que mantiene la democracia horizontal casi perfecta de los Estados Unidos y todo el mundo civilizado. Tal vez veríamos cuan conveniente sea “ecuadorizar” nuestras economías asumiendo un patrón monetario único, una moneda de la América orgullosa e igualitaria que podríamos ser, con solo una o dos décadas de esfuerzo, sostenidos en nuestra gran capacidad y el poder indiscutible de ese “hermano mayor” todavía medio indolente…

Think about it. You are still on time to change us for our common good. Yes, we can!

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