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El peor error de Uribe

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El uribismo es un movimiento caudillista. No tiene nada de malo. Un caudillo no es un tirano. Muchos caudillos se han vuelto tiranos, pero lo uno y lo otro no son sinónimo. Gaitán era un caudillo, Galán también, y Mandela -un caudillo africano- o De Gaulle -uno Francés- y tantos otros.

Un caudillo es un líder cuya importancia in pectore supera su marco partidista, cuyo calado y presencia popular desborda los parámetros de lo ideológico. En ese contexto, Uribe es un caudillo sin duda. Y un demócrata también.

Pero el uribismo es el movimiento de un caudillo cuyo liderazgo está atascado en el cepo constitucional de la no-reelección, por eso es tan importante que su caudal se encause hacia el Senado, encabezando una lista cerrada, para hacer oposición y volverse opción con el Senado, y no simplemente desde el Senado. Sin embargo, paralelamente, desde otro liderazgo en construcción, alguien del uribismo debe perfilarse como opción presidencial.

Si Noemí no se hubiera desesperado viendo la campaña pasada como su “última oportunidad”, ella habría sido la mejor carta. Sobre todo porque fue la única que le dijo a Uribe y a todos los hipnotizados lo que vendría con Juan Manuel Santos. Pero no tuvo serenidad y “quemó sus naves”. Otro heredero natural sería Andrés Felipe Arias, especialmente porque lo tendrán que absolver por falta de pruebas. Uno creería que después de ese carcelazo infame debería alzarse como un ave Fénix, pero el Procurador se apresuró a inhabilitarlo y tampoco puede.

Por eso Uribe echó a andar el tema de la “precandidatura uribista” y enseguida se postularon Carlos Holmes Trujillo, Óscar Iván Zuluaga, Juan Carlos Vélez y Francisco Santos, animados por sus propias “barras”.

Para sorpresa de muchos –me incluyo-, no fue la gran capacidad oratoria ni la sólida estructura de economista de Zuluaga, ni el completísimo perfil de estadista experimentado de Trujillo, ni la identidad paisa y la lealtad congresional de Vélez, sino la capacidad mediática y comunicacional de Santos la que ha venido encausando la corriente mayoritaria de opinión dentro del uribismo.

Súbitamente, con propuestas audaces, vallas efectistas, con un desparpajo carente de vergüenzas y una inteligencia emocional dotada para provocar, el primo-hermano-doble del Presidente se perfila como la más opcionada ficha del uribismo para enfrentársele.

Y voy a hacer las veces de Noemi: Francisco fue el naugty-boy de los Santos y dio muchos dolores de cabeza a su familia. Sin embargo, ese perfil caricaturesco siempre pareció inofensivo y se le permitió aventurar en todas las áreas, porque aunque era químicamente imprudente, su figura, su voz, y cierto sesgo de bufón inofensivo, le daban licencia para ser una especie de sincerote con gracia, respaldado por la familia más poderosa de las últimas 5 décadas en Colombia.

Y así fue, hasta que Uribe lo puso de Vicepresidente. Ahí todo cambió. Francisco se dedicó a colmar el espacio diplomático internacional mientras Uribe se consagró al frente interno. Su despacho era una cancillería paralela y el Ministerio de Relaciones exteriores funcionaba acompasado con la Vicepresidencia. Pero cuando nombraron Canciller a María Consuelo Araújo, asediada por Hojas de Vida y llamadas, pidió instrucciones a Uribe sobre si sería menester atender las instrucciones del Vice aún contra su criterio en términos de hacer lo correcto. La respuesta del Presidente fue clara “Usted es la Canciller y solo debe hacer lo que estime legal y prudente”.

Ahí fue Troya, Francisco que había sido huésped en la casa de María Consuelo Araújo y amigo de Álvaro -su hermano Senador- desató la más feroz campaña contra la Canciller de su mismo gobierno, hasta llegar a pedir una controvertida carta personal a un tercero, que entregó -en la mano- a un magistrado de la Corte Suprema durante vacaciones judiciales; documento con el cual la corte, enfrentada visceralmente a Uribe, aprovechó para iniciar un proceso sin pruebas distintas, que sirvió para encarcelar al padre y al hermano de la Canciller del presidente Uribe.

No le importó al Vicepresidente el costo político que esto le acarrearía al gobierno. Con el tiempo, aún contra la voluntad de Uribe, la Canciller renunció, y Santos monitoreó sin pausa los procesos penales que fomentó, así sirvieran a una corte suprema politizada que, con ese insumo, mantuvo el prestigio del gobierno en el asador de sus malquerencias.

Francisco Santos siguió intentando cabestrear la política internacional con los siguientes cancilleres. A su estilo, mientras ejercía un costoso y circense protagonismo paralelo, de hotel en hotel por Colombia y el mundo entero, desbocado en escandalosas fiestas a puerta cerrada con personajes femeninos y masculinos de todos los pelambres, siempre con Gustavo Salcedo, su enigmático íntimo-amigo barranquillero, cuya ostentación bien valdría la pena investigar.

Nada puedo probar de todo esto (aunque lo hubiera visto aspirando coca con mis propios ojos) solo puedo atestiguarlo, porque yo, al igual que mis hermanos traicionados, le conozco desde los 80 cuando llegó a casa en Valledupar sumado a la comparsa de admiradores que visitaba a nuestro amigo y huésped Gabriel García Márquez.

El oficial de policía que dirigió su esquema de seguridad sabe sobre sus francachelas bochornosas. Aunque, todo el que lo conoce comprende que éste irresponsable redomado no debe llegar a ser Presidente de Colombia porque nos hará concluir que Juan Manuel es una especie de Alberto Lleras, en comparación con lo que él sería.

Como supongo que querrá denunciarme por injuria y calumnia, propongo que ahorremos costos judiciales y, en televisión, nos pongamos ambos un polígrafo de modo que cada cual le haga cinco preguntas al otro. A ver quién miente. También sé que Salud, su muñeca de ventrílocuo, volverá a vomitarme. Y que si es Presidente, me tocará asilarme…

Pero no puedo callar sobre lo que conozco. El peor error de Uribe sería poner en manos de “pachito” el caudal electoral que Colombia ya entregó-por sus señas- a Juan Manuel.

Uno tiene derecho a equivocarse una vez con un Santos, pero no dos veces con dos Santos.

Estáis todos advertidos.

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